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Kate Brown, profesora de Historia de la Ciencia: «Me temo que no hemos aprendido las lecciones de Chernóbil y Fukushima»

ACTUALIDAD

Kate Brown, profesora de historia de la ciencia
Kate Brown, profesora de historia de la ciencia Annette Hornischer

Afirma que el accidente de la central ucraniana fue mucho peor de lo dicho

27 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Profesora de Historia de la Ciencia en el prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT), fundadora y editora de History Unclassified, una sección de la prestigiosa American Historical Review, Kate Brown (Elgin, Illinois, 1965) es un referente mundial sobre el desastre nuclear de Chernóbil, del que se han cumplido 40 años, y ha recibido numerosos premios por su obra. Fruto de una década de investigación en 27 archivos de Ucrania, Rusia, Bielorrusia, Europa y Estados Unidos, entrevistas sobre el terreno y con especialistas, visitas a fábricas, institutos, bosques y ciénagas de las zonas afectadas es Manual de supervivencia. Chernóbil. Una guía para el futuro (Capitán Swing). Un exhaustivo libro de investigación histórica y periodística, en el que sostiene que las consecuencias del accidente en la central ucraniana han sido mucho mayores de lo que se ha dicho y cómo se ha minimizado intencionadamente el número de víctimas y sus efectos para la salud y el medio ambiente.

¿Hemos aprendido las lecciones de Chernóbil, en 1986, y de Fukushima, en el 2011? Brown responde que no en esta entrevista exclusiva con La Voz. En su libro, lo expresaba así: «Una catástrofe del calibre de Chernóbil, decían los líderes de opinión, jamás sucedería en una sociedad abierta y democrática donde el negocio de la energía lo manejen empresas privadas. Sin embargo, cuando un tsunami golpeó la central nuclear de Fukushima Dai-ichi, los empresarios y líderes políticos japoneses respondieron de formas siniestramente similares a como lo hicieran los líderes soviéticos. Infravaloraron burdamente la magnitud de la catástrofe [la fusión de tres reactores], enviaron a bomberos sin protección contra las altísimas emisiones de radiactividad y le ocultaron a la población, intencionadamente, información sobre los niveles de radioactividad y las directrices sanitarias».

—En su libro concluye que el desastre de Chernóbil fue mucho peor de lo que se ha dicho hasta ahora. ¿Cómo llegó a esa conclusión y cuáles fueron sus principales hallazgos?

—Investigué en los archivos de Ucrania y Bielorrusia, con la ayuda de dos asistentes de investigación, y encontramos documentos sobre lo que se clasificó como «las consecuencias médicas de la catástrofe de Chernóbil». Descubrimos que en los meses siguientes al desastre, muchas personas enfermaron, especialmente niños. Tenían las tiroides abultadas, infecciones respiratorias, anemia, problemas del tracto digestivo, hemorragias nasales, desmayos, extrañas erupciones cutáneas. Los adultos también sufrieron enfermedades. El número de defectos congénitos aumentó.

—No se quedaron ahí, siguieron investigando.

—En efecto. Investigamos más a fondo en los registros del Ministerio de Agricultura y descubrimos que casi todas las categorías de alimentos locales que la gente comía eran radiactivos, también el agua de los pozos y el polvo del aire que respiraba la gente. Aprendimos que este tipo de exposición, crónica y diaria, interna y externa, a dosis bajas de radiactividad era muy diferente de Hiroshima, que fue estudiada como una gran explosión de radiactividad que duró menos de un segundo. Los estudios sobre las bombas atómicas en Japón fueron el «estándar de oro» para la medicina radiológica, pero esos estudios no se aplicaban en este caso, donde las personas estaban ingiriendo un caleidoscopio de elementos radiactivos que migraron a los órganos corporales y hacían que las personas se sintieran enfermas. Los cánceres llegaron después, pero antes de eso muchas personas padecieron enfermedades crónicas.

—¿Cuáles son las cifras reales de muertos en los días posteriores al accidente y hasta el presente?

—No existe una cifra fiable. Nadie contó el número de muertos en tiempo real. Los médicos y el personal sanitario fueron los primeros en abandonar las zonas contaminadas donde residían, en su mayoría, agricultores. Existen estimaciones de muertes que se derivan de establecer analogías con el Estudio de Supervivencia de la Bomba Atómica, pero esta extrapolación no funciona. El recuento oficial oscila entre las 31 y las 54 víctimas mortales. Organizaciones de Naciones Unidas lideradas por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) estimaron en el 2004 que entre 2.000 y 4.000 personas contraerían cáncer a causa de las toxinas de Chernóbil. En el 2016, el Gobierno ucraniano otorgó una compensación a 35.000 mujeres cuyos maridos habían muerto a causa de una enfermedad relacionada con Chernóbil. Esa cifra solo cuenta a los hombres casados y omite a las mujeres, niños y todas las personas expuestas que vivían en el oeste de Rusia y en Bielorrusia, a donde fue el 80 % de la radiactividad de Chernóbil. La única conclusión es que el número total de víctimas nunca podrá conocerse.

—Cuarenta años después, ¿se han aprendido las lecciones necesarias para evitar que vuelva a ocurrir un accidente de esta magnitud? ¿Podría haber otro Chernóbil u otro Fukushima?

—No, me temo que no hemos aprendido las lecciones de Chernóbil ni de Fukushima. El Gobierno estadounidense, bajo la Administración Trump, está eliminando silenciosamente las normas de seguridad para los nuevos reactores nucleares, mientras despide a cientos de empleados cuyo trabajo era garantizar la seguridad nuclear. Los multimillonarios que construyen centros de datos prefieren no pagar lo que paga el público por la electricidad, por lo que presionan para que se utilicen reactores nucleares. Ellos también quieren que se reduzcan las regulaciones. Bill Gates está reabriendo la planta nuclear de Three Mile Island, situada en Pensilvania. Sabemos por el pasado que, tras accidentes graves, los ciudadanos tienen que pagar la limpieza y también pagan con su salud por los errores cometidos por otros.

—¿Son seguras las centrales nucleares?

—Son mucho más peligrosas que las opciones más baratas y más rápidas que tenemos ahora: la energía solar, la geotérmica y la eólica.

«Los ataques a las centrales en Irán y Ucrania representan un gran riesgo»

Brown considera que los ataques a las centrales nucleares de Ucrania e Irán suponen un grave riesgo para Europa y Oriente Medio.

—Sostiene que los científicos que trabajaban para la industria nuclear, restaron importancia a los efectos de la catástrofe para evitar que se cuestionara la energía nuclear.

—Sí, inmediatamente después del accidente, los funcionarios del OIEA temían que, tras los accidentes nucleares de Three Mile Island (1979) y Chernóbil (1986), pocas comunidades aceptarían reactores nucleares en sus alrededores; y, de hecho, así fue. En la década de 1990, tras el colapso de la Unión Soviética, científicos que trabajaban para agencias reguladoras nucleares de la ONU, Estados Unidos, el Reino Unido y Francia comenzaron a gestionar las evaluaciones del desastre. En ese momento, se abrieron al público los archivos de la Guerra Fría relacionados con la producción y las pruebas de armas nucleares en Estados Unidos, el Reino Unido y Rusia. La gente se enteró, por ejemplo, de que, en el centro de EE.UU., se habían expuesto a niveles de contaminación iguales o superiores a los de Chernóbil. Hubo demandas. Los científicos razonaban que si se podía afirmar que Chernóbil era el mayor vertido nuclear del mundo y solo murieron 54 personas, entonces podrían ganar las demandas. Eso fue lo que sucedió en la práctica.

—¿Las centrales nucleares ubicadas en Ucrania e Irán corren riesgo debido a la guerra? ¿Podría ocurrir una catástrofe?

—Sí. Si bien los reactores nucleares están cubiertos con edificios de contención que podrían resistir el impacto directo de un misil, aunque no se han realizado pruebas para tal eventualidad, los edificios que almacenan el combustible radiactivo gastado son simplemente grandes depósitos. Ese combustible es extremadamente peligroso. Los ataques a los generadores de reserva o a los depósitos de combustible gastado de las centrales nucleares en Irán y Ucrania, donde hay guerras activas, representan un gran riesgo para toda Europa y Oriente Medio.

—¿Qué opina del trato que la Administración Trump da a la ciencia y a sus científicos?

—La Administración Trump ha hecho todo lo posible por restringir el debate científico sano y el desarrollo de la investigación abierta en Estados Unidos.