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Cuarenta años del desastre de Chernóbil: la ciencia que surgió tras el desastre

Xavier Fonseca Blanco
xavier fonseca REDACCIÓN / LA VOZ

ACTUALIDAD

Imagen del documental «Centrales nucleares en zonas de guerra» emitido este pasado jueves por Documentos TV.
Imagen del documental «Centrales nucleares en zonas de guerra» emitido este pasado jueves por Documentos TV. RTVE

El accidente nuclear marcó un punto de inflexión en la forma de entender cómo las corrientes atmosféricas pueden dispersar el aire

26 abr 2026 . Actualizado a las 10:03 h.

El 26 de abril de 1986, la explosión del reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, liberó a la atmósfera una enorme cantidad de material radiactivo. A partir de ese momento, el alcance del accidente dejó de depender únicamente de lo que ocurría en el interior de la central. Pasó a depender del cielo.

El incendio generó una nube tóxica que alcanzó varios kilómetros de altura. Desde ese instante, el destino de Europa quedó a merced del viento. Sobre el continente se extendía un potente anticiclón que dominaba la circulación atmosférica. En su flanco oriental, donde se encontraba Chernóbil, el flujo dirigía el aire hacia el noroeste. Los primeros avisos llegaron desde Escandinavia. En Suecia, el aumento de la radiactividad en el aire llevó inicialmente a pensar que el origen estaba en una de sus propias centrales.

El sistema de altas presiones actuó como una barrera, impidiendo que la nube avanzara hacia el suroeste del continente. Así, la Península quedó durante los primeros días fuera del alcance de la contaminación.

Sin embargo, a comienzos de mayo, el viento cambió de dirección y la nube puso rumbo hacia el sur de Europa. Pero para entonces la concentración de partículas contaminantes no era tan elevada. Además, la estabilidad asociada al anticiclón volvió a jugar un papel decisivo. La escasez de precipitaciones limitó la deposición radiactiva en superficie y redujo su impacto.

El accidente de Chernóbil marcó un punto de inflexión en la forma de entender cómo las corrientes atmosféricas pueden dispersar el aire. A partir del desastre se desarrollaron modelos de dispersión más avanzados, como NAME de la Agencia Meteorológica del Reino Unido (Met Office), basados en enfoques que siguen el recorrido de miles de partículas dentro de un campo de viento en evolución. El resultado es que hoy la ciencia dispone de sistemas capaces de anticipar la evolución de nubes de ceniza volcánica, contaminantes industriales o incluso emisiones de gases a escala global. Se trata de una tecnología que no se creó en laboratorio, sino en respuesta a una crisis real, como otros tanto avances en la historia de la meteorología.