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Jacqueline reabre su peluquería en Benetúser: «Una clienta anuló su cita y me salvó la vida»

María Cedrón LA VOZ EN VALENCIA

ACTUALIDAD

Ofelia, que se emociona por momentos, dice que poder ir a la peluquería «es un desahogo».
Ofelia, que se emociona por momentos, dice que poder ir a la peluquería «es un desahogo». MARÍA CEDRÓN

Actos cotidianos como «ir a echarse el tinte» son «un desahogo»

28 ene 2025 . Actualizado a las 21:21 h.

El día 29 de octubre, Jacqueline cerró la peluquería que tiene en Benetúser antes de tiempo. «La última clienta llamó para cancelar la cita y me fui a casa», cuenta mientras da ritmo a la brocha con la que mezcla un tinte, con el teléfono apoyado en un hombro. Y resultó que aquella mujer que no fue a teñirse le salvó la vida. Porque, aunque «en Valencia no llovía», el agua que cayó sobre municipios como Turís o Siete Aguas fue arrastrando coches y muebles por el barranco empujándolos por las calles de municipios como Catarroja, Paiporta, Alfafar, Benetúser... Y el agua acabó también entrando en el bajo de Jacqueline. Lo mismo que en los negocios de unos 44.900 autónomos que, según los cálculos de la Cámara de Comercio de Valencia, trabajan en los bares, comercios, talleres y peluquerías de los 68 ayuntamientos que, de un modo u otro, se vieron afectados por la dana. Para ellos, aunque el Gobierno haya anunciado ayudas, cada día que pasen cerrados cuenta.

«Pude salvar poco más que los espejos, pero me ayudaron tanto que hoy —por ayer— pude reabrir». En una manzana inundada de negocios hundidos, el suyo comienza a emerger. Con las paredes malheridas, marcas de agua, secadores, cepillos, pinzas y champús donados, y «unos sofás prestados por otra peluquería del barrio que todavía no va a poder trabajar», Jacqueline volvió a una extraña normalidad.

Y a sus vecinas, además del pelo, también les arregla el alma. Y ríen. Y lloran. Y cuentan que Galicia debe de ser muy bonito, «tan verde. Y con árboles. No como aquí».

«Hay momentos en los que te sientes mal porque estar aquí, tiñéndote el pelo, mientras en el portal de al lado se han quedado quitando agua y lodo del portal, pero esto para mí es un desahogo». Eso es lo que siente Ofelia, la primera clienta de Jacqueline. Y por un momento se olvida del agua, de esa congoja que le encoge el pecho y, a veces, cuando le viene en gana, la hace llorar: «Cuando salga de aquí volveré a coger la Karcher, pero por lo menos iré arreglada». La peluquería es una isla en medio de un pueblo en el que las calles continúan llenas de barro y la maquinaria pesada no deja de ir y venir de aquí para allá.

Ver un negocio que se ha vuelto a poner en marcha alegra. Y al ver la puerta abierta, algunos de los que pasan asoman la cabeza para pedir vez. «A última hora queda un hueco, pero por lo demás, ná», responde esta peluquera. Y continúa forrando pelos con papel albal.

Mientras psicólogos con chaleco naranja recorren en pareja las calles de estos municipios, unidos antes por calles estrechas, y ahora también por la adversidad, cada uno hace lo que puede para seguir. Y se alegran, como Luci y Luis, de haber sobrevivido. Por pura casualidad. Al contrario que Jacqueline, aquella tarde ellos no cerraron la puerta del portalón que da al corral de su casa de Masanasa y pudieron huir nadando a oscuras hasta el altillo donde secaban el arroz. Y lo cuentan mientras continúan limpiando la puerta de su casa desde donde han escuchado por el altavoz del ayuntamiento que se anuncia otra dana: «Dicen que es de lluvia», comenta Luis.

Así continúa la vida en esas calles doce días después. En Benetúser, hay talleres mecánicos que sustituyen a los supermercados que aún no han podido volver a abrir. Hasta ahí van las señoras a coger el pan que les dan los empleados que han dejado de cambiar bujías para repartir ayuda humanitaria. Y algunas cuentan que, aunque les han llevado la comida a casa, prefieren bajar un rato e imaginar que vuelven a la compra, que hacen vida normal.

«Plátanos y abrazos»

Hablar ayuda, igual que los abrazos que reparten Ruth y Are en una esquina del barrio de La Torre, en Valencia. Viven en Ibiza, pero hace dos días cogieron el coche y bajaron hasta Valencia para repartir «plátanos y abrazos», como han escrito en un cartón colocado a los pies de una cesta llena de dátiles y bananas. Ella es de Reino Unido. Él, de Estonia. Ella no es psicóloga, pero mira con ojos transparentes. Verdaderos. Y la gente coge un plátano, un dátil y un abrazo. Porque ellos reparten azúcar, potasio y amor.

Y besos. Como los que dibujaron los niños del colegio Basilio Sanz de Caravaca de la Cruz en las cartas que enviaron con los medicamentos que llevaron sus padres a la finca número 18 de la avenida Torrente, en Alfafar. Raquel, una de las vecinas, no quiso que se perdieran y las colgó en la fachada. Para que todo el mundo las lea y sepa que, como escribió Carmen, «los valencianos no estáis solos».