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Tres realidades de la vuelta al cole tras la dana: «Los valencianos lloramos, pero nos levantamos»

Carlos Peralta LA VOZ EN VALENCIA

ACTUALIDAD

Carlos Peralta

Cerca de 22.000 alumnos de 47 centros educativos regresaron este lunes a las aulas

12 nov 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando los alumnos de tercero y cuarto de la ESO del instituto Alameda de Utiel entraron en el Miguel Ballesteros, todo el profesorado los esperaba en el pasillo. Uno a uno, fueron desfilando por allí entre los aplausos de los docentes. «Los he visto de barro hasta los ojos. Cuando hay que echar la bronca, pues se echa, pero también hay que decir lo positivo», asegura Ricardo Febré, profesor del IES Miguel Ballesteros, que este lunes recuperó su actividad con los alumnos de otro centro, el Alameda, como huéspedes provisionales. El emotivo homenaje fue una idea del director del Miguel Ballesteros. Este y otros 46 centros educativos de la Comunidad Valenciana regresaron a la actividad. Son unos 22.000 alumnos de toda la región los que vuelven a las aulas.

El instituto Alameda sufrió daños severos a causa del desbordamiento del río Magro. Es uno de los 19 centros obligados por las circunstancias a trasladar a todos sus alumnos. Ninguno dividirá tanto a sus alumnos como este instituto. Además del Miguel Ballesteros, el alumnado se reparte entre la Escuela Oficial de Idiomas y dos centros educativos más. Aunque la medida es provisional hasta el viernes 22, muchos creen que irá para largo.

En Benetúser, sus cuatro centros esperan emular pronto al Miguel Ballesteros, de Utiel. El más próximo a la apertura es el colegio Blasco Ibáñez. De hecho, estaba en la lista de centros que debía abrir este lunes sus puertas, pero finalmente será uno de los 50 centros que tienen programada una entrada progresiva con el fin de facilitar su tránsito de centro logístico a colegio. La puerta se dividía en dos accesos. En el de la izquierda, se extendía una larga cola de personas que esperaban para recoger algún bien de primera necesidad. En el lado opuesto, dos miembros de Protección Civil revisaban la entrada del personal.

Esperanza Parets, la directora del Blasco Ibáñez, vive en Valencia, aunque desde que la dana anegó el municipio no ha salido de allí gracias a la hospitalidad de sus amigos. «El capitán es el último en abandonar el barco, ¿no?», afirma. Su centro afortunadamente no sufrió daños estructurales. Ni siquiera entró demasiada agua. Sí lo hizo la ayuda. En la planta de arriba, hay ropa estructurada por tallas y, en la baja, repartos de alimentos, productos de higiene y personal sanitario.

El instituto Orba, en Alfafar, en peligro de derrumbe tras las devastadoras consecuencias de la dana.
El instituto Orba, en Alfafar, en peligro de derrumbe tras las devastadoras consecuencias de la dana. A. S. Aguado

Peligro de derrumbe

Basta con bajar el Camino Viejo de Picasent para llegar al Cristóbal Colón, también en Benetúser. «Une la razón a la emoción», se puede leer en valenciano en la mitad de un muro. La otra parte se la llevó la riada, dejando a la vista la cancha de baloncesto. «¿Tú te crees que los niños pueden venir estando esto?», se cuestiona Patricia Bautista, profesora del centro, mientras señala dos coches destrozados que descansan junto a la escuela. Las palas llenas de barro en el patio son la prueba del paso de muchos voluntarios. Es la historia común de todos los colegios de Benetúser. Patricia confía en que el Ayuntamiento adecente lo suficiente las calles de cara a las próximas dos semanas. El muro nuevo llegará la próxima. La vuelta progresiva a las aulas empezará en la primera planta, que no sufrió ningún daño el 29 de octubre, con los más pequeños del colegio. «Son los más prioritarios y los que más lo necesitan», afirma Bautista. Así lo requiere también la Consejería de Educación.

El Colón está en la calle del Orba porque la vía conduce a este barrio. Muy cerca, pero ya en el término de Alfafar, está el colegio Orba. Una profesora conversa con dos vecinos en la entrada trasera del centro. A su lado, una garita provista de alimentos. A sus espaldas, un escrito con espray: «Peligro derrumbe», en mayúsculas. La docente le da dos paquetes de galletas a los vecinos y botellas de agua, a un bombero antes de contar la situación del centro. «Estamos en un barrio muy humilde, la mayoría de las familias lo han perdido todo», afirma. Los 400 alumnos del centro pasan ahora al Fila, otro colegio del pueblo, a unos 20 minutos a pie. Esta profesora, que rechaza dar su nombre para no eclipsar el trabajo de todo el claustro, agradece entre lágrimas el trabajo de militares, bomberos y voluntarios. «La planta baja se la ha llevado toda», afirma. Es el motivo del posible derrumbe. El primer piso está intacto, pero ha perdido muchos de sus mimbres. Se ha volcado con su colegio pese a que también ha perdido todo en su casa por las lluvias. Su mirada es triste, pero muestra firmeza. Lo tiene claro: «Los valencianos lloramos, pero siempre nos levantamos».

Varios jóvenes, algunos estudiantes de instituto, posan antes de acudir a los pueblos afectados por la dana.
Varios jóvenes, algunos estudiantes de instituto, posan antes de acudir a los pueblos afectados por la dana. A. S. Aguado

Muchos estudiantes aún cambian las clases por el voluntariado

Los mortíferos efectos de la dana pausaron las clases no solo en los municipios afectados, también en universidades e institutos de Valencia capital. El Joanot Martorell está en el barrio de San Marcelino, en el lado del nuevo cauce del Turia que da a la ciudad. Profesores y alumnos deberían estar en las aulas, pero no. Muchos siguen de huelga para ayudar a los pueblos damnificados por la dana.

Son los suficientes para que no sea viable dar clase. En vez de repasar temario, algunos alumnos esperan en una mesa en una de las entradas del centro. Ofrecen mascarillas, café y otros productos sanitarios, así como la posibilidad de ducharse en el centro. Y es que este colegio ve pasar al día a cientos de voluntarios que encaran ya el renombrado puente de la Solidaridad.

«Siempre hay alguno que está de huelga en casa jugando a la Play», aclara entre risas Juan Fresneda, profesor del centro. «¡Yo, no!», responde una alumna, que forma parte de este improvisado avituallamiento de voluntarios y espera a atenderles leyendo Orgullo y prejuicio. Es del barrio de la Torre, una de las zonas afectadas. Y no ha dudado en colaborar con lo que haga falta.

Otros estudiantes no van a clase simplemente porque no tienen forma de hacerlo. «Nos hemos pasado todos los días limpiando y quitando barro», cuenta Lidia Ferrer, alumna del instituto Berenger Dalmau de Catarroja, muy dañado por la intensa riada. «Está totalmente destrozado», afirma su compañera Aroa Sospedra. Ambas acudían en patinete o andando al centro por la llamada ruta del colesterol, que conecta el barrio de la Torre con los pueblos de L'Horta Sud.

Ahora dejan a la izquierda esta ruta para atravesar un paso subterráneo. Las acompaña todo un grupo de amigos. Ya ataviados con sus epis, sonríen y posan con un carro de la compra lleno de material para luchar contra el barro. En unas semanas, según el comunicado de la Generalitat, deberán empezar sus clases en un instituto de Picasent, once kilómetros más al sur que su centro en Catarroja. Todos se preguntan lo mismo: «¿Cómo vamos a poder llegar?». Con militares en las carreteras y las constantes retenciones en las principales vías, el último recurso es ir por los caminos. Andando tardarán horas. Mientras esperan su regreso, no desisten en su empeño de ayudar a los demás. Siempre con una sonrisa o chascarrillo.