La imagen de la mujer que acude a un hotel de postín, emancipada de la sombra y la cartera del varón, no era frecuente a principios del siglo pasado. Acaso únicamente las princesas, renombradas escritoras o afamadas «vedettes» habían logrado erradicar el inevitable latiguillo -«la distinguida señora de»- que, como un collar de perlas falsas, las etiquetaba al traspasar la puerta del Hotel Continental. En esos casos contados, el servicio se movilizaba, reverencioso, al igual que Julián Mogín, propietario del establecimiento.
Fernando Salgado