No faltó quien calificara a Marlango como una «frivolité», un divertimento de Leonor Watling. El tiempo ha demostrado que no era así. A un paso de los diez años de existencia el grupo consolida su propuesta con el salto al vacío que supuso expresarse en castellano y retomar, especialmente en directo, en su formato de trío, el intimismo naif de su primera etapa
CARLOS CRESPO