Sigmund Freud, en su juventud, aprendió castellano para leer el <<Quijote>>. El <<Quijote>> y las <<Novelas ejemplares>> de Cervantes, pues, por ejemplo, <<El celoso extremeño>> despertó en él mucho interés cuando, enamorado de Martha Bernays, padeció durante un tiempo el sentimiento de los celos. Pero fue la obra cumbre cervantina la que concitó en él una atracción tal que le abrió una de las puertas que lo condujeron al psicoanálisis. Alrededor de esta pasión por el héroe de la triste figura, llegó a fundar la Academia Española, antecesora de la Asociación Psicoanalítica de Viena, en la que se debatía acerca de la locura y los conocimientos que tenía Cervantes de esta enfermedad y de los manicomios, y hacemos hincapié en estos desvaríos porque Freud ya daba muestras de su atracción por la vertiente pavorosa de la mente. A la par, algunos estudiosos ven en su admiración por el escritor español una referencia a la imagen idealizada que Freud tenía de su padre.
La idea de las idealizaciones, tan presente en esta primera etapa de Freud, la encuentra central en don Quijote, idea que se despliega en las andanzas del hidalgo y se engarza con la inmortal sentencia socrática del «Conócete a ti mismo», que es la máxima por la que las personas pueden llegar al respeto de sí mismas y, por ende, al respeto por los demás. Porque las acciones quijotescas de Alonso Quijano desvelan que, a través de sus disparates, se halla la rectitud moral que debe fijar los comportamientos humanos.
Para Freud, don Quijote representa la rebelión del hijo contra el padre (el emperador desconectado de su pueblo), al que idolatró de niño, y contra su amantísima madre (la Iglesia, que seguía los cánones del Medievo, impidiendo que la Modernidad entrara en España). En este sentido, en el que el complejo de Edipo se vislumbra, el psicoanalista Otto Ranke, que trabajó con Sigmund Freud, sostenía que el trauma de referencia de la persona es su nacimiento, el haber sido expulsado del Paraíso (útero materno) y arrojado desnudo al Infierno (el mundo). Entonces, el hidalgo manchego sería el que se rebelaría contra su padre (el emperador) y su madre (la Iglesia), que han dejado de ser sus mitos, porque uno y otra han caído en la inmoralidad, e intenta, en una tarea imposible, quijotesca, revertir la situación, volver a la pureza de la infancia donde los padres eran distinguidos y se distinguían por su moralidad. Incluso mayor, decrépito, el héroe cervantino batalla contra gigantes para que su patria conecte con lo que se estaba construyendo en la Europa los siglos XVI y XVII, más volcada hacia lo humano .
Justamente el humanismo, la dignidad de las personas, ha sido reivindicada una y otra vez, una y otra vez, por León XIV en los días que estuvo en España, con un ahínco sobrecogedor en las Isla Canarias. Cuando proclamó« Que nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano», el papa estaba interpelando a quienes aseveran ser católicos, y además practicantes, y llaman basura a los inmigrantes (Díaz Ayuso) o piden que la Armada <<bloquee>> a los cayucos (Santiago Abascal). Estos ultras tendrían, junto a tantos millones de fariseos, que abandonar el Templo del Señor, que solamente les sirve para sus negocios económicos y para concentrar todo el poder político; es decir, para la práctica de la usura y la dominación sobre el rebaño del Señor, al que consideran, sin ningún género de duda, eso, animales sacrificables.
(Mateo, 23: «Después de esto, Jesús dijo a la gente y a sus discípulos: "Los maestros de la ley y los fariseos enseñan con la autoridad que viene de Moisés. Por lo tanto, obedézcanlos ustedes y hagan todo lo que les digan; pero no sigan su ejemplo, porque ellos dicen una cosa y hacen otra. Atan cargas tan pesadas que es imposible soportarlas, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo. Todo lo hacen para que la gente los vea. Les gusta llevar en la frente y en los brazos porciones de las Escrituras escritas en anchas tiras, y ponerse ropas con grandes borlas. Quieren tener los mejores lugares en las comidas y los asientos de honor en las sinagogas, y desean que la gente los salude con todo respeto en la calle y que los llame maestros. Pero ustedes no deben pretender que la gente los llame maestros, porque todos ustedes son hermanos y tienen solamente un Maestro. Y no llamen ustedes padre a nadie en la tierra, porque tienen solamente un Padre: el que está en el cielo. Ni deben pretender que los llamen guías, porque Cristo es su único Guía.El más grande entre ustedes debe servir a los demás. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido". "¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que cierran la puerta del reino de los cielos para que otros no entren. Y ni ustedes mismos entran, ni dejan entrar a los que quieren hacerlo". "¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que recorren tierra y mar para ganar un adepto, y cuando lo han logrado, hacen de él una persona dos veces más merecedora del infierno que ustedes mismos”»).
El cinismo, la hipocresía, las acciones que condenan al dolor y a la muerte a nuestros semejantes provenientes del fin del mundo, del inframundo, que es el lugar donde los sitúa el <<evangélico>> principio de «Prioridad nacional», están, en verdad, dándole la espalda a León XIV, como diciéndole: «Vete a la mierda». Estos mismos ultras que aplaudieron en las Cortes Generales durante más de siete minutos al jefe del Estado Vaticano, que proclamó la vida de los no nacidos, sí, pero también la vida de los nacidos, la vida también de los palestinos, son los fariseos del horrible hoy, donde los psicópatas mandan desde la política y la riqueza sin límite. El horrible hoy de la democracia en demolición y el totalitarismo en ascensión.
León XIV puso ante el espejo a los fascistas castellanos, a los nazis catalanes y a los hantavirus canarios. León XIV vino a defender a los quijotes, los nacionales y los no nacionales, los que son engañados, apaleados, humillados con saña y sadismo, como a Alonso Quijano, en quien Freud vio a un superior moral, que, por consiguiente, es tratado como un descarriado, un iluso en un mundo de monstruos. La piedad que el padre del psicoanálisis coligió de Cervantes, es la misma que predica el papa de Roma. El hidalgo de La Mancha no es, en definitiva, el loco. El loco, la locura, es propiedad de la farsa, de los farsantes de la farsa, grotesca y caníbal. Cervantes es el humanista, el símbolo del verdadero catolicismo verdadero, que lo manifiesta en el héroe generoso, pero, finalmente quijotesco, como Jesucristo, que persigue unos fines éticos que nunca penetrarán en la perversidad innate del hombre. Jesús y don Quijote son unos niños grandes, ninguneados, desdeñados, consumidos por la voracidad de voraces adultos, nunca saciados. En este punto de maldad absoluta, Cervantes se nos aparece como el primer filósofo español del Bien; o sea, finalmente de la Utopía.
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