Un año más llega el Primero de Mayo. Y un año más se pretende vestir de fiesta lo que en realidad debería ser un grito colectivo de rabia, dignidad y resistencia. Porque la clase trabajadora no está celebrando nada. Está sobreviviendo. Está resistiendo. Está aguantando, cada día con más angustia, un sistema que la exprime hasta dejarla sin aire.
Hoy tener trabajo ya no significa tener futuro. Ni siquiera significa llegar a fin de mes. La precariedad se extiende como una mancha de aceite, los salarios pierden valor cada mes que pasa, y el coste de la vida sube sin freno: la compra, la energía, el alquiler, el transporte, todo. Trabajamos más para vivir peor. Y mientras tanto, los beneficios empresariales se disparan y la desigualdad se consolida como norma.
Esto no es una crisis: es un modelo. Un modelo construido a conciencia para que el trabajador sea obediente por miedo. Para que quien tiene empleo no proteste por temor a perderlo. Para que quien está en paro acepte cualquier miseria. Para que la clase trabajadora se acostumbre a callar, a tragar, a resignarse.
Pero hay una realidad que se intenta ocultar: la siniestralidad laboral crece. Los accidentes aumentan. Las muertes en el trabajo se normalizan. Cada obrero que cae, cada trabajador que no vuelve a casa, es tratado como una cifra más, como un daño colateral del «progreso». Y sin embargo, no hay progreso posible construido sobre sangre obrera.
Mientras tanto, lo público se privatiza. Se trocea. Se vende. Se degrada a propósito para justificar su entrega al negocio privado. Sanidad, educación, empresas estratégicas, servicios básicos… lo que fue levantado con el esfuerzo colectivo se entrega a manos de quienes solo entienden de rentabilidad. Y cuando lo público se debilita, quien paga siempre es el mismo: el trabajador. El que espera meses por una cita médica, el que no puede pagar un dentista, el que ve cómo se recorta la escuela de su barrio, el que sostiene el sistema con sus impuestos mientras se le exige sacrificio.
Y mientras todo esto ocurre, aumentan los conflictos laborales. No por capricho, sino porque la situación es insostenible. La gente no se moviliza porque sí. Se moviliza porque no le dejan otra salida.
Ahí están los compañeros del metal en Cádiz. Ahí están las listas negras, la represión laboral y el castigo ejemplarizante. Ahí están Jesús y Manuel, encaramados desde hace más de quince días en una grúa en Navantia San Fernando, no por espectáculo ni por romanticismo, sino porque se les niega el derecho a trabajar por exigir derechos. Y ahí están también los mineros de Mina Miura, en Ibias, encerrados a más de 300 metros de profundidad, jugándose la vida en condiciones extremas mientras llevan diez meses sin cobrar su salario. Diez meses. Diez meses de humillación y abandono. Diez meses de silencio institucional.
¿Y qué hace la clase política? ¿Qué hacen las estructuras sindicales que presumen de representar al trabajador?
Miran para otro lado. Administran el conflicto en lugar de resolverlo. Negocian migajas. Se hacen fotos. Hablan de «diálogo social» mientras el obrero no puede pagar la calefacción. Hablan de «paz laboral» mientras se multiplican los contratos basura. Hablan de «recuperación económica» mientras millones de personas viven al borde del abismo.
Este Primero de Mayo no puede ser un desfile vacío. No puede ser una ceremonia domesticada. No puede ser un día para discursos repetidos y promesas recicladas.
Este Primero de Mayo debe ser un recordatorio incómodo para quienes mandan: la clase trabajadora está harta.
Porque la situación actual tiene responsables claros: la patronal, que quiere beneficios sin límites y derechos laborales mínimos; la clase política, que legisla para los de arriba y gestiona la miseria para los de abajo; y un sindicalismo institucionalizado, más preocupado por la subvención, el despacho y la negociación eterna que por organizar de verdad la lucha en los centros de trabajo.
No se puede servir a dos señores: o se está con los trabajadores o se está con el poder. Y son demasiados los que hace tiempo ya eligieron bando.
Además, vivimos en un escenario internacional que agrava aún más esta angustia colectiva. Una situación de tensión permanente, de rearme, de amenazas de guerra, que siempre se traduce en lo mismo: recortes, inflación, miedo y sacrificios para el pueblo. Porque cuando se habla de «intereses nacionales», ya sabemos lo que significa: que el trabajador pagará la factura mientras otros se reparten los beneficios.
Pero pese a todo, hay algo que no han conseguido destruir: la conciencia obrera, la solidaridad, la dignidad del que no se rinde. La clase trabajadora sigue en pie. Aunque agotada. Aunque golpeada. Aunque muchas veces sola.
Y aquí es donde debemos hablar claro: la división es el arma del sistema. Nos dividen por sectores, por edades, por contratos, por territorios, por ideologías, por banderas, por procedencias. Nos enfrentan entre nosotros para que no miremos hacia arriba.
Y sin embargo, el problema es el mismo en todas partes: explotación, precariedad, abuso, desigualdad.
El trabajador del metal y la limpiadora, el camionero y la enfermera, el minero y el profesor, el joven con contrato temporal y el veterano que teme el despido, el autónomo arruinado y el parado desesperado: todos pertenecemos a la misma clase. Y mientras no actuemos como tal, seguirán aplastándonos uno a uno.
Por eso, este Primero de Mayo no debe ser un día de resignación. Debe ser un día de organización. De unidad. De lucha. No una lucha estéril, sino consciente, firme, colectiva. Una lucha que vuelva a poner en el centro lo que nunca debió salir de ahí: el derecho a una vida digna.
Porque no es radical pedir un salario que permita vivir.
No es radical exigir seguridad en el trabajo.
No es radical querer sanidad y educación públicas fuertes.
No es radical exigir que se pague lo trabajado.
No es radical defender convenios justos y empleo estable.
Lo radical es que nos hayan convencido de que todo eso es imposible.
Y que nadie se engañe: si la clase trabajadora se une de verdad, no hay poder en el mundo que pueda doblegarla. Ni empresa, ni gobierno, ni mercado, ni policía, ni propaganda. Porque el mundo lo movemos nosotros. Lo construimos nosotros. Lo sostenemos nosotros.
Sin trabajadores no hay fábricas.
Sin trabajadores no hay hospitales.
Sin trabajadores no hay transportes.
Sin trabajadores no hay escuelas.
Sin trabajadores no hay riqueza.
El poder real no está en sus despachos: está en nuestras manos.
Así que este Primero de Mayo no es para celebrar. Es para recordar. Para denunciar. Para señalar culpables. Para levantar la cabeza.
Que escuchen bien los responsables de esta situación: la paciencia obrera no es infinita. Y el miedo cambia de bando cuando el pueblo decide caminar unido.
Hoy no se celebra.
Hoy se lucha.
Hoy se grita.
Hoy se organiza.
Porque la dignidad no se mendiga.
La dignidad se conquista.
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