La bravuconada del martes, en la que Trump amenazaba con aniquilar toda una civilización si Irán no abría el Estrecho, opacó un giro de guion crucial. Ese mismo día, Israel bombardeó un viaducto del corredor ferroviario que une Xinjiang con el golfo Pérsico: 11.000 kilómetros que Pekín financió con 40.000 millones de yuanes como pieza estrella de la Nueva Ruta de la Seda, una alternativa terrestre a Ormuz que reduce el viaje de treinta a quince días. Primer ataque directo a infraestructura china en esta guerra. Aviso recibido en Pekín. La consecuencia inmediata fue que China obligó a los ayatolás a aceptar el alto el fuego. Pero el alto el fuego no es la paz. Irán ha logrado convertir Ormuz en un nuevo canal de Panamá, una aduana cuyo peaje pagaremos entre todos. Y el régimen, lejos de debilitarse, sale de esta fase de la guerra revitalizado y radicalizado. Solo una segunda campaña terrestre —con soldados y dinero saudíes e israelíes— podría revertir la situación. Pero el precio sería una carnicería que nadie quiere pagar.
The Economist encadena desde que empezaron los bombardeos a Irán seis portadas, a cual más crítica. La más viral es un fotomontaje que muestra a Xi Jinping sonriendo al fondo y un Trump borroso en primer plano, bajo una máxima atribuida a Napoleón en Austerlitz: «Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error». Un tono mucho más duro del que es habitual en la que está considerada la biblia del mundo de los negocios. Xi sonríe y Occidente pierde de nuevo la batalla del relato. Pekín apuntala a los mayores criminales del planeta, pero se está ganando el prestigio de ser el nuevo Mr. Marshall. Para el sur global lo crucial es quién compra sus productos. China es el primer cliente de casi todo el mundo. Y al primer cliente se le da la razón, por la cuenta que trae. Virgencita, virgencita… No sé si China es la solución, pero al menos no me bombardea ni me hunde la economía.
China juega además una carta que se ha convertido en anomalía en política: mientras el asesor de un gobernante occidental suele encontrar la solución mágica en un vuelo de dos horas, Pekín sigue diseñando su futuro en planes quinquenales, como hace desde 1953. Van por el decimoquinto. Les puedes preguntar veinte veces, que siempre respetan el guion. Y a diferencia de la URSS, que murió por inanición intelectual, lo hacen con los cuadros técnicos formados en las mejores universidades americanas y, cada vez más, en las mejores chinas.
Otro ganador de esta semana es J. D. Vance. La reportera estrella de The New York Times para la Casa Blanca publicó el miércoles las entretelas de cómo Trump inició esta guerra. El relato revela que Vance fue el único que se opuso frontalmente: le advirtió de que un ataque a Irán provocaría caos regional, rompería el mundo MAGA, dejaría a EE.UU. sin munición para futuros conflictos y podía descontrolarse en direcciones imprevisibles. Todos los demás —Rubio, Hegseth, la jefa de gabinete, el director de la CIA— se plegaron. Vance tenía razón en casi todo. Es un ganador inquietante: fanático religioso, antieuropeísta afín a Orbán y Putin…, pero, al fin y al cabo, el único con arrestos para no decir a todo «sí, bwana».
Vance también acertó con el asunto MAGA. Ayer mismo, Trump publicó un post de quinientas palabras en el que llama a sus principales líderes perdedores, estúpidos y los acusa de querer que Irán tenga armas nucleares. Megyn Kelly, la presentadora de Fox a la que Trump humilló en el 2015 con una alusión a su menstruación, respondió en vídeo: «Estoy harta de esta mierda. Este tipo se cree Gengis Kan».
Lo ha definido bien Chris Christie, exgobernador republicano de Nueva Jersey, que conoce a Trump desde sus años como fiscal federal, hace más de 25 años. Hay una corriente dominante que sostiene que es un histrión en público pero una persona normal en privado. Christie lo desmonta: «Sabe comportarse con normalidad, pero jamás ha tenido disciplina para hacerlo. No lo ha necesitado. Siempre ha sido un niño de papá. El resultado es que el 99 % del tiempo se comporta como lo que es». Y mientras esto ocurre, Xi Jinping sigue sonriendo.
Un libro
«El gran sueño de China». Tecnos, 2026. El ingeniero Claudio F. González, que ha vivido en los cinco continentes, explora el plan chino para recuperar relevancia mundial.
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