Lo primero que asquea de la llamada operación Kitchen —en español, cocina—, la trama urdida en el Gobierno de Rajoy para espiar y silenciar a Bárcenas, es su propio nombre. La vomitiva asociación que sugiere entre las cloacas del Estado, por donde circulan las heces del sistema, y los fogones de la selecta gastronomía española. Quien bautizó así la trama no fue un juez, sino el comisario Villarejo, el turbio personaje que captó al chófer de Bárcenas como confidente y le asignó el apodo de Chef por encontrarle cierto parecido con el cocinero Sergi Arola. El título de chef obviamente le venía grande a Sergio Ríos, un don nadie vendido por un plato de lentejas con cargo a fondos reservados, y por eso el instructor del caso adjudicó la máxima responsabilidad en la kitchen a Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior a la sazón. Hay quienes pensamos sin embargo, siguiendo la lógica del sentido común, que el auténtico jefe de cocina permanece en la sombra. Y que el sentido último del juicio que ayer comenzó en la Audiencia Nacional debería ser precisamente, más que sentenciar y condenar a los once encausados, identificar al señor X de la operación Kitchen.
Lo que se juzga no es un caso de corrupción clásica: la del político que, aprovechando que conoce la clave de la caja fuerte por razón de su cargo, mete la mano y saquea el erario. Esta no es la corrupción de las mascarillas, que mañana sentará en el banquillo al exministro Ábalos, ni la del caso Gürtel, que a Rajoy le costó un gobierno. La Kitchen es el uranio enriquecido de la corrupción: el uso del poder policial y de los fondos reservados para impedir que Bárcenas, extesorero del PP, cumpliera su amenaza de tirar de la manta. El antiguo contable fue sometido a seguimiento y vigilancia por los responsables de la seguridad ciudadana. En esa misión de espionaje se inscribe el rocambolesco episodio del falso cura que asaltó el domicilio de Bárcenas, maniató a su mujer, su hijo y una empleada del hogar, y decía buscar documentos para derrocar —no para sostener— al Gobierno de Rajoy. Corrupción al cuadrado: corrupción para tapar la corrupción. Y corrupción estructural: un tumor incrustado en la médula del sistema. Toda la cúpula del Ministerio del Interior, entre los años 2012 y 2013, presuntamente implicada: el ministro Fernández Díaz y su mano derecha, Francisco Martínez; el DAO Eugenio Pino, cinco comisarios de policía y dos inspectores jefe, además del confidente Ríos.
La causa de la Kitchen padece, sin embargo, una acusada cojera. El fiscal anticorrupción quiso extender las pesquisas sobre la trama a la cúpula del PP, el gran beneficiario de la red corrupta, pero el juez instructor se negó de plano y la Audiencia Nacional lo apoyó. Manuel García-Castellón, el mismo juez que imputaría a Puigdemont por terrorismo, estableció un cortafuegos: Jorge Fernández Díaz era el cocinero jefe. Ni Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, ni Mariano Rajoy, presidente del partido, tenían nada que ver. Ni siquiera conocían los platos que se preparaban en la kitchen. Algo tan difícilmente creíble que hace que la sombra de la duda persista: ¿Quién era realmente el chef de la Kitchen?
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