El martes, en el estadio de Cornellà, durante el partido amistoso entre la selección española y la egipcia, un número muy considerable de personas decidieron pitar el himno egipcio y entonar cánticos como «musulmán el que no bote» además de las ya famosas alusiones a la madre del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. El partido no se detuvo y por megafonía se informó a la piara de que los comportamientos racistas, sexistas y homófobos están mal, pues al parecer hay que recordárselo, pero no sirvió de nada, como era de esperar. Pasé un rato bochornoso escuchando en la radio el triste espectáculo, pero nada comparado con el rato que tuvo que pasar el jugador español y musulmán Lamine Yamal.
Cuando veo anuncios de la Liga o de algunos equipos de la misma en los que se ensalzan ciertos valores que, curiosamente, nunca se mencionan, más allá de apelar a la nostalgia, quizá el más reaccionario de los sentimientos, y ponen a un abuelito y a su nieto en el estadio con música ñoña de fondo, me invade un escalofrío porque sé que los comportamientos en los estadios suelen ser más bien simiescos, y créanme que sé de lo que hablo, he sido socio de uno de los clubs más importantes de este país durante años, y que los valores ahí son más bien ninguno para buena parte de los presentes durante el evento. No es de extrañar. Si la FIFA se dedica a montar mundiales y eventos en algunos de los lugares con los gobiernos más abominables, homófobos y criminales del planeta, el fruto de la indiferencia ante el sufrimiento de millones, es el que vimos el martes en Cornellá. Para miles, los estadios y los bares y la combinación de ambos durante la retransmisión de un partido, son un lugar donde rige la anarquía y cualquier sentimiento, por muy nauseabundo que sea, puede ser expresado con orgullo ante una manada que, en el mejor de los casos, calla. Tenemos a la vuelta de la esquina un mundial de fútbol en EEUU, con sus deportaciones injustificables e ilegales, su persecución a minorías, sus amenazas a los otros dos anfitriones, sus amenazas al resto del planeta, sus asesinatos de niñas en Irán y su empeño en destruir absolutamente todo lo bueno que hay en este mundo y a nadie parece chirriarle mucho.
Lo de Cornellá solo es la constatación de que, cada día más, a quienes organizan y mandan en esto del fútbol, incluyendo al impresentable Infantino y sus premios creados exclusivamente para contentar a Donald Trump y, por extensión, premiar a su régimen autoritario, no les importan nada los supuestos valores del deporte. Los llamamientos a la civilización por megafonía, pues esto y no otra cosa es no ser racista, homófobo ni machista, solo están para maquillar lo que a todas luces es una organización servil con los poderosos y criminales. Lo que pasó en Cornellà es, en fin, fruto de cómo se ha desarrollado el mundo del fútbol masculino, ese en el que no hay jugadores homosexuales, ese que prohíbe banderas arcoíris, ese que cree que significarse políticamente sin ser facha es una especie de castración, sí. En algún momento hay que recoger los frutos.
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