El deber de rebelarse

OPINIÓN

Un hombre camina por una calle de La Habana
Un hombre camina por una calle de La Habana Norlys Perez | REUTERS

31 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Una de las constantes en la lucha contra los regímenes dictatoriales cuya propaganda ya no es efectiva ante el hastío y desafección de su propia población es que, en determinado momento, la sociedad es capaz de sacudirse el miedo y vivir de manera distinta a los cánones que les pretenden imponer. El catálogo de actos de pequeña resistencia cotidiana engrosa, y se agudizan las formas ingeniosas de sobrellevar una doble vida. Como es comprensible, se evita encontrar demasiados problemas ante los zarpazos del régimen, pero, al mismo tiempo, conseguir que consignas y admoniciones encuentren una firme indolencia. Al mismo tiempo, se crea el caldo de cultivo para que, en las condiciones oportunas, esa diferencia de ritmos y formas de pensar entre la mayoría de la sociedad y el sistema que la atenaza acabe forzando la decadencia y desaparición de éste. Naturalmente, el divorcio de un régimen con la realidad de su propio país puede extenderse durante largo tiempo (por el uso de la fuerza, por la inercia institucional, por el efecto paralizante del látigo), consolidando esa vida de universos paralelos. En el caso de la España del tardofranquismo, José Agustín Goytisolo escribía en 1968 («Algo sucede») que «siempre nos decimos que esto acaba / que no puede durar / y muchos hemos apostado cenas; no sé dinero / a que antes de fin de año algo sucede / y siempre hemos perdido»; y no en vano porque hubo que esperar a la muerte natural del dictador y a que la mezcla de movilización social, instinto de supervivencia de una parte del régimen y sensatez popular permitiese abrir un tiempo nuevo. Los argumentos que esta discordancia entre discurso oficial y vida cotidiana provee a la creación artística son fecundos, muchas veces en clave de humor, baste recordar «Good Bye, Lenin» (2003) con el imborrable falso presentador televisivo de la RDA, o la deliciosa fábula «Lista de espera» (2000) donde cubanos de a pie construyen en sueños una red de solidaridad y convivencia que poco tiene que ver con las decisiones y mandatos públicos en los que ya nadie cree.

Con toda la dureza de la represión de las autoridades iraníes contra su propia población, incluida una política oficial de sometimiento de las mujeres y el hostigamiento a minorías religiosas y regionales, el fenómeno que se vivía en la Irán urbana y juvenil (en un país con un 60% de personas con menos de 35 años) era precisamente el de los caminos distintos tomados por la sociedad y por el régimen. A pesar de la inmisericorde reacción de milicias y fuerzas de seguridad, desde 2009 hasta la actualidad se han sucedido las oleadas de movilizaciones, cada vez con más intensidad y mayor frecuencia. En los últimos meses la propia rebeldía de las mujeres jóvenes iraníes desafiando la política del hiyab obligatorio la había hecho inaplicable en buena medida, un avance muy notable. La sensación de que, más temprano o más tarde, a pesar del dramático coste, se abriría un tiempo nuevo, era amplia, y de ella dan constancia aquellas personas de la diáspora que mantienen contactos en el interior y las voces del mundo artístico y cultural que utilizan cualquier rendija disponible para tomarle el pulso al país. El paso de tomar distancia con los dictados de un régimen caduco y corrupto e iniciar una rebelión cívica, estaba dado, y una parte no pequeña de la sociedad iraní cumplía con su derecho, casi su obligación, de rebelarse pacíficamente. Claro que el ataque de Israel y Estados Unidos y la imposibilidad de calibrar sus consecuencias puede cambiar el destino, quizá a peor: que las autoridades acaben reforzando la represión, terminen por encontrar legitimación en la resistencia frente a una acción militar enemiga disparatada, se acreciente el temor en la vida cotidiana, y el enorme daño por la agresión deje al país no en vía de salida sino en el callejón tapiado de la destrucción, el empobrecimiento, el cierre de fronteras y la oscuridad.

Son también las sociedades de Israel y Estados Unidos quienes tienen ahora la obligación de rebelarse frente al ingreso de sus países en la nómina creciente de democracias iliberales, en una rápida espiral descendente al infierno de la autocracia. La combinación del belicismo más primario, la agresividad nacionalista, la falta de respeto constante al Derecho Internacional Humanitario (las reglas de las cuatro Convenciones de Ginebra de 1949 que sujetan y diciplinan a los actores en un conflicto armado) y el desprecio por el Derecho Internacional, son una parte de la receta. La otra parte está compuesta por el mismo desdén por el Estado de Derecho, el rechazo a la opinión pública plural y la libertad de prensa, la persecución a quien protesta, la erosión constante de los derechos civiles y políticos, y el ataque al juego de controles y contrapesos. Una estrategia de acumulación de poder sin tasa y criminalización de la oposición que ejercen internamente, porque es propio de su identidad autoritaria y praxis política. La radicalización lograda en las respectivas sociedades se lo ha permitido, al igual que les ha tolerado llevar a cabo, con un grado de apoyo considerable para la extrema gravedad de las medidas y de las consecuencias humanitarias, el genocidio en Gaza y la nueva ocupación del Sur del Líbano, o la política de ejecuciones extrajudiciales en el Caribe y la intervención armada en terceros países. Ahora, al menos, una parte de la sociedad civil de ambos países parece haber despertado, como demuestran las importantes movilizaciones del 28 y 29 de marzo: 20 manifestaciones de envergadura en las principales ciudades israelíes, bajo el acoso policial, y más de 3.300 en Estados Unidos, combatiendo la resignación. Lo contrario significaría permitir sin rechistar un futuro de guerra permanente, de extensión regional del conflicto con consecuencias humanas pavorosas y económicas muy lesivas (para todos), y tragar pese a la inequívoca percepción de que Trump y Netanyahu necesitan derramar sangre ajena para seguir pedaleando hacia la tiranía (pues, si se detienen, caerán). Quienes protestan hacen lo correcto y lo necesario; con valentía porque la deriva autoritaria en ambos países comporta que la disidencia tenga un coste inmediato; y cumpliendo con el deber de rebelarse frente a quien no quiere sujetarse por más norma que su brutal y arbitraria voluntad. Respuesta legítima que debe hacer recordar a sus destinatarios el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos humanos, cuando recoge que «es esencial que los derechos humanos sean protegidos por el Estado de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión».