Al jefe de un amigo le incomodaba que sus trabajadores pasaran demasiado tiempo alrededor de la máquina de café. No era una cuestión de productividad. Lo que inquietaba al CEO en cuestión era que sus empleados y empleadas usaran ese refugio para intercambiar opiniones sobre sus sueldos raquíticos, la falta de descansos, las horas extras no remuneradas y demás arbitrariedades. La sala de café como territorio insurgente, el ruido como coartada, las sillas como divanes clandestinos.
Derechos que hoy parecen normales —como el de poder tomar ese café de la mañana-—nacen siempre de la incomodidad de quienes decidieron no resignarse a trabajar en silencio. En eso consiste afiliarse a un sindicato. En poder decir por fin en voz alta las cosas que se murmuran en los pasillos de todos los trabajos. En compartir en público y con valentía lo que se susurra frente a esa máquina de café por miedo a las represalias. A veces es tan sencillo —y tan comprometedor— como eso: atreverse a decir en alto lo que otros no pueden o no quieren.
En tiempos en los que el trabajo se vuelve cada vez más individual, fragmentado y solitario —cada uno solo frente a su pantalla, a su contrato temporal, sus incertidumbres—, afiliarse a un sindicato es una forma de reconstruir la idea de comunidad en lugares donde intentan convencernos de que cada cual debe salvarse por su cuenta. Ayer nos juntamos las Comisiones Obreras. Lo hicimos en una asamblea, que es el ADN de nuestra organización, y aprovechando la visita de Unai Sordo. Lo hicimos para recordar que, como sindicato de clase, también nos preocupamos por las condiciones de vida de los trabajadores y trabajadoras, no solo de sus condiciones laborales.
Es una de las cosas que nos distingue de los sindicatos corporativos. Fue una de las conclusiones de la asamblea: si hay algo corrosivo para esas vidas, si hay un agente cáustico que amenaza los proyectos de la clase trabajadora, esa es la inflación. A la crisis de la vivienda que llevamos años arrastrando hay que sumarle ahora una nueva crisis energética resultado de la guerra de Irán. Nos jugamos la quiebra de al menos dos generaciones. Un desastre nacional, un absoluto fracaso colectivo.
Unai Sordo vino a Asturies a organizar una respuesta directa y clara; a reivindicar una subida generalizada de salarios, medidas urgentes para blindar los servicios públicos y frenar esa crecida imparable en el precio de las cosas. Vino a ayudarnos a colocar la crisis de la vivienda en sus correctas proporciones: el gran reto de al menos dos generaciones de asturianos y asturianas. La quiebra entre los salarios y el coste de un hogar es tan desproporcionado, tan desmedido, que está sepultando las ilusiones y los proyectos de vida de millones de personas.
Ya no se pueden entender las negociaciones salariales sin atender al precio de la vivienda. El gap, la distancia entre el crecimiento del salario medio y el precio de la vivienda en los últimos 8 años, es del 34 % en España. ¿A cuántos de ustedes les han aumentado el sueldo un 34 % en los últimos 8 años? De nada sirve que tu nómina suba 200 euros si tu casero te renueva por 300 el contrato de alquiler. De nada sirve que tu empresa te ofrezca el mismo salario en un pueblo donde alquilas un dúplex por 500 euros al mes calefacción incluida, que en una zona tensionada donde un zulo sin ventanas de 40 metros cuadrados no baja de los 800.
La metástasis alcanza todos los ámbitos, también por supuesto el laboral. Por eso los convenios deben incluir complementos salariales para vivienda. Las formas de habitar este país han cambiado. Las reglas del juego han cambiado. Se han vuelto más injustas. Cuando logremos sobrevivir al desastre de la guerra de Irán, a su crisis energética y a las nuevas que desaten los reyes consentidos, la vivienda seguirá ahí. Esperándonos. Diluyendo día a día el armazón democrático que protege a los más vulnerables. Marcando para siempre a una generación que, como en 2008, al menos tendrá en su mano recordar quién intentó hacer algo.
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