No son pocas las vueltas que le doy a mi cabeza para encontrar una explicación al resultado de unas elecciones. Como demócrata siempre he aceptado, y seguiré aceptando, la voluntad expresada en las urnas por la ciudadanía, porque entiendo que han ejercido su derecho al voto de manera responsable y en favor del bien común (aunque prime por delante un interés personal). No obstante, hay situaciones en las que no me explico el éxito o el fracaso de determinados partidos políticos, y voy a intentar explicar lo que quiero decir.
Hay un patrón que se ha repetido en las tres últimas elecciones autonómicas que se han celebrado en España. El PP ha sido el partido ganador tanto en votos como en escaños (necesitará llegar a un acuerdo con la ultraderecha para sacar adelante las investiduras) y le han seguido, por este orden, el PSOE (solamente Carlos Martínez fue capaz de mejorar tras los batacazos de Pilar Alegría y Miguel Ángel Gallardo) y Vox (más que por su crisis interna creo que ha sido Alvise Pérez quien ha frustrado la aspiración de alcanzar el 20%). Hay algunas diferencias también. En Extremadura la unión de Podemos e Izquierda Unida les sirvió para subir su representación, pero en las dos siguientes fueron por separado y eso se tradujo en un único escaño para Sumar en Aragón (en Castilla y León ambos quedaron fuera). En lo que ya no coinciden los tres territorios son sus particularidades, porque en provincias como León, Soria y Ávila han confiado en partidos que reclaman más atención a esos lugares y en otros casos han apostado por formaciones de corte regionalista como la Chunta Aragonesista.
Hecho este breve repaso, yo me hago una pregunta: ¿se vota más en clave nacional o influye de manera decisiva la persona que encabeza una candidatura? No es una cuestión fácil de responder porque hay opiniones para todos los gustos. Si bien es cierto que el PP ha fracasado en la estrategia diseñada desde la calle Génova con las que jalear el final del sanchismo y quitarse de encima la complicada losa de depender de Vox, no es menos cierto que el partido de Alberto Núñez Feijóo no ha sufrido ningún desgaste por sus acciones de gobierno. Por eso decía al principio del artículo que a veces me cuesta entender la razón por la que en poblaciones leonesas donde el fuego arrasó con todo han votado mayoritariamente a Alfonso Fernández Mañueco, cuando su papel en la lucha contra la extinción de los fuegos fue nefasta (entre otras cosas, decidió no suspender sus vacaciones por Cádiz). Ha pasado algo similar en Zamora, porque desde la llamada nueva normalidad (una vez que se rebajaron los confinamientos por la pandemia) empezaron a concentrarse vecinas y vecinos reclamando una atención sanitaria pública decente en sus centros de salud. En localidades como Bermillo de Sayago y Tábara ese malestar no se ha traducido en ningún castigo para el PP.
Si bien es cierto que desde la irrupción en 2011 del 15M hasta hoy habrá gente que haya variado su voto constantemente, también habrá ejemplos de personas que se mantienen fieles a unas ideas y que pase lo que pase votarán por esas siglas (sobre todo en zonas con gente mayor y despobladas). A veces parece haber una contradicción entre lo que la mayoría vota con las quejas y protestas que se difunden a través de los medios de comunicación (por muy loables que sean esas reivindicaciones, no parecen afectar gravemente a la derecha. Reconozco que me da un poco de rabia que ese esfuerzo que hacen movimientos sociales por mejorar la calidad de vida de todas y de todos no se vea después valorado y reflejado).
El veredicto electoral ha sido claro y nítido, y la mayoría ha preferido que continúe la derecha al frente de la Junta de Extremadura, del gobierno aragonés y del ejecutivo castellano y leonés. El próximo combate, a la espera de conocer la fecha concreta, se medirá en Andalucía (el miércoles Salvador Illa decidió retirar los presupuestos para evitar una derrota parlamentaria que podría haberle obligado a disolver el parlamento catalán).
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