Las elecciones presidenciales de Portugal y las autonómicas de Aragón, que coincidieron el pasado día 8, tuvieron resultados aparentemente dispares, pero ambas confirmaron el ascenso de la extrema derecha en una península ibérica que hasta 2024 parecía mantenerla contenida. En las elecciones europeas celebradas en junio de ese año tanto Chega como Vox obtuvieron resultados muy similares y bastante pobres, el 9,8% y el 9,6%, respectivamente. Desde entonces no han parado de crecer.
La victoria del socialista José Seguro supone un triunfo de la democracia. Portugal es una república parlamentaria, pero el presidente posee competencias importantes que lo convierten en garante de la Constitución y de las libertades. Designa al primer ministro, que, a diferencia de España, no tiene que someterse a una votación de investidura, debe defender su programa ante la Asamblea y solo cesará si es rechazado por la mayoría absoluta de los diputados; también puede caer por una moción de censura o si pierde una de confianza. Es el presidente el que, con ciertas limitaciones, disuelve la cámara y convoca elecciones anticipadas. Puede vetar las leyes, aunque el veto podría ser revocado por mayoría cualificada, o enviarlas preventivamente o una vez aprobadas al Tribunal Constitucional. Es, en consecuencia, más que un jefe de estado representativo o moderador, aunque las tareas habituales del ejecutivo recaigan en el Gobierno.
El presidente de la república no puede evitar una victoria de Chega, pero sí dificultar su entrada en el Gobierno si no tiene mayoría absoluta y vetar y someter al Tribunal Constitucional leyes racistas, xenófobas, machistas, homófobas o de algún modo liberticidas. Es una ventaja de algunas repúblicas en las que, a diferencia de las monarquías, el jefe del estado también está legitimado por la voluntad popular, que, de forma más limitada, también existe en Italia.
Con Seguro vencieron los demócratas, pero no los socialistas o la izquierda. Como sucedió en el pasado con Chirac en Francia, recibió el voto de todos los que rechazaban a un presidente ultraderechista. No fue una buena señal que el radical Ventura llegase a la segunda vuelta. El 33% de votos que obtuvo en ella tampoco es enteramente de Chega, cuyo apoyo se correspondería más con el 23,5% que logró en la primera. En cualquier caso, Chega es desde el año pasado la segunda fuerza parlamentaria, con dos diputados más que los socialistas, aunque obtuviese 4.000 votos menos. Las municipales demostraron que todavía no ha consolidado el partido en todo el país y que, en cambio, los socialistas conservan una base sólida en ayuntamientos y «freguesías», pero su fuerza no puede desdeñarse.
El año pasado, los socialistas portugueses optaron por permitir la aprobación del programa del gobierno de Luis Montenegro, de centroderecha, para que no tuviese que pactar con Chega. No fue más que una cura de urgencia. No se trata de una gran coalición y la situación del gabinete es precaria, habrá que ver si Montenegro cambia de estrategia y pacta con los ultraderechistas o si habrá pronto elecciones anticipadas, algo peligroso, especialmente después del varapalo que se llevó el candidato del PSD en las presidenciales.
Las elecciones de Aragón mostraron también un ascenso de la extrema derecha, que en España todavía no ha logrado llegar al 20% de los votos, aunque se acerca, y una caída de los dos partidos mayoritarios, especialmente fuerte en el caso del PSOE, pero muy llamativa en el del PP. Podría decirse que el señor Azcón, instigado por Núñez Feijoo, se hizo un Mañueco: adelantó las elecciones innecesariamente para quedar peor de lo que estaba. Lo más sorprendente es que, en unos comicios con una campaña planteada en clave nacional, el PP haya logrado hundir al partido de su enemigo, el denostado Sánchez, pero, tras siete años en la oposición, no consiga mejorar su representación e incluso pierda votos y escaños. En Extremadura tenía la ventaja adicional de un pésimo candidato del PSOE, pero parece que le fue mejor al centrismo aparentado por la señora Guardiola, a pesar de su desvarío con los votos robados, que al agresivo telladismo o ayusismo, poco diferenciado de Vox, de que hizo gala Azcón. Hay hartazgo en la ciudadanía, pero que también afecta al PP, un partido que cada día es más difícil de identificar. Los últimos vaivenes poselectorales de la señora Guardiola rebasaron los límites del ridículo, menos mal que no dijo que su feminismo era como el del ayatolá Jamenei. Es dudoso que los extremeños vuelvan a tomarla en serio si se repiten las elecciones.
Que las derechas hayan logrado un 55% de los votos en Aragón y el 60% en Extremadura debería hacer reflexionar a todas las izquierdas, desde el PSOE a Podemos. Es un panorama muy parecido al de Portugal, con el problema añadido de que el hundimiento de las izquierdas se extiende en nuestro país a las regiones y a los ayuntamientos, algo que probablemente se agrave con la extraña estrategia de la dirección del PSOE.
Es incomprensible que el PSOE haya evitado realizar un análisis serio de sus derrotas electorales, continuas desde 2022, incluidas las generales de 2023, y, sobre todo, de la causa de que en las últimas se haya hundido hasta quedarse en el 25% de los sufragios. Las tonterías sobre lo ocurrido en 2015, o atribuirle el último fracaso al fallecido Lambán, más que explicaciones adoptadas después de un estudio serio son insultos a la inteligencia de quienes siguen confiando en el partido.
Xosé Hermida ha escrito con tino que la estrategia socialista, invirtiendo el dicho de Groucho Marx, parece consistir en «caminar de derrota en derrota hasta la victoria final». He leído elucubraciones sobre una supuesta dificultad histórica del PSOE para vencer en las comunidades autónomas, que se frenaría en las municipales y en las generales. Independientemente de que en las últimas municipales el PSOE también perdió numerosas ciudades importantes, como todas las capitales andaluzas salvo Jaén, Gijón, Valladolid o, en este caso la izquierda, Valencia, si las de 2027 se celebran antes de las generales, el castigo puede ser terrible. ¿Es posible que se produzca un milagro en julio del próximo año tras haber perdido todo anteriormente? Parece extraño y especialmente cuando nada ayuda.
Si Pedro Sánchez se jugó su credibilidad y su popularidad con el giro sobre la amnistía para lograr el apoyo de Junts en la investidura, algo que se consolidó con las extravagantes conversaciones en Suiza y la cuestión de la financiación de las autonomías, el escándalo de Ábalos y Cerdán no le ha ayudado a recuperarlas. La falta de mayoría en las Cortes y la imposibilidad de aprobar los presupuestos impiden que el gobierno pueda reaccionar. La mayoría de los proyectos de ley y de los decretos-ley parecen formar parte de una larga precampaña electoral, ya que tienen pocas probabilidades de ser aprobados en el parlamento. La sensación de que nada funciona es muy dañina. El gran apagón no se ha olvidado. El deterioro de los ferrocarriles es muy anterior al trágico accidente de Adamuz. Los retrasos e incluso las interrupciones del recorrido que dejaban a los viajeros durante horas en medio de páramos inhóspitos llevaban demasiado tiempo produciéndose. Los problemas de cercanías no se limitan a Cataluña, como bien se sabe en Asturias. Los temporales han convertido a autovías y carreteras, que ya presentaban deterioro, en intransitables y peligrosas.
La culpa no es exclusiva de este gobierno, pero es el que está y ya lleva siete años. En España había cundido la idea de que es el país más rico del mundo y podía tener más kilómetros de AVE que cualquier otro y más de autopistas gratuitas que ninguno, parece que a nadie se le había ocurrido que ferrocarriles y carreteras necesitan mantenimiento y que cuantos más sean los kilómetros más costará. PP y PSOE se plantearon implantar peajes, ninguno se atrevió. Este gobierno incluso los ha quitado, sobre todo en Cataluña, lo que allí ha traído problemas nuevos de deterioro y saturación de las vías y agravios añadidos en Galicia y en Asturias. Nada permite augurar que las cosas mejoren para el PSOE de aquí a un año.
La situación es difícil para la izquierda e incluso para la democracia, pero ni rendirse anticipadamente ni mirar para otro lado son actitudes razonables. Se incide en los errores de las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE, a las que se llama a la unidad y a hacer un esfuerzo para recuperar popularidad, pero de nada serviría que consiguiesen entre un 10 y un 15% de los votos si el PSOE se queda en el 25 o por debajo. La reflexión y la renovación deben exigírsele al PSOE tanto o más que a IU-Sumar, Más Madrid o Podemos. Hay que incidir en los motivos de descontento que favorecen este giro del electorado hacia la derecha, especialmente hacia la extrema derecha populista, y buscar propuestas atractivas más allá de los tópicos y de las cantinelas de siempre. Si los líderes están gastados, habrá que buscar recambio. Asombra lo fácil que eso resulta en el resto de Europa y lo caudillistas que son los partidos españoles. Es posible que ya no haya tiempo para evitar una derrota de las izquierdas en 2027, pero no es lo mismo perder el gobierno que perder hasta el último ápice de poder y no es lo mismo que Vox consiga cerca del 20% de los votos a que se quede en un 10. A eso también debería colaborar el desnortado PP, que tampoco tiene razones para estar muy satisfecho.
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