La unidad no se decreta

Estefanía Torres Martínez EURODIPUTADA EN LA VIII LEGISLATURA

OPINIÓN

Gabriel Rufián, durante una sesión en el Congreso de los Diputados.
Gabriel Rufián, durante una sesión en el Congreso de los Diputados. Alberto Ortega | EUROPAPRESS

15 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En las últimas semanas se ha reabierto el debate sobre la llamada «unidad de la izquierda». Movimientos, declaraciones y anuncios han vuelto a situar en el centro la necesidad de recomponer el espacio progresista ante un escenario político cada vez más polarizado. 

Es un debate legítimo. Probablemente necesario. Pero también es un debate que corre el riesgo de quedarse, una vez más, en la superficie: acuerdos entre direcciones, fórmulas electorales, arquitectura electoral y equilibrios internos.

La pregunta de fondo es otra. 

¿Unidad para qué?

¿Unidad con qué proyecto?

¿Unidad con qué anclaje territorial y material?

Porque la política no se recompone solo sumando siglas. Se recompone recuperando confianza social. Y esa confianza no se decreta desde arriba.

En territorios como Asturias, esta cuestión es especialmente evidente. El espacio político a la izquierda del PSOE ha sufrido en los últimos años procesos de fragmentación y debilitamiento que han reducido su capacidad de interlocución y su presencia institucional. Existen trayectorias diversas y responsabilidades compartidas, pero el resultado es visible: representación dispersa y dificultad creciente para articular un proyecto común que vuelva a interpelar a quienes se han ido desconectando de la política.

Al mismo tiempo, el Gobierno autonómico gestiona una realidad compleja marcada por el envejecimiento, la despoblación y la transformación productiva. Sin embargo, en amplias zonas del territorio persiste la sensación de que las decisiones estratégicas se toman lejos y de que las prioridades materiales no siempre ocupan el centro del debate.

El caso del acuerdo UE-Mercosur es un buen ejemplo. Mientras en el discurso autonómico se expresan reservas o cautelas comprensibles por el impacto en sectores sensibles, el respaldo en el ámbito europeo es claro y sin ambigüedades. Esa distancia entre lo que se dice y lo que finalmente se apoya no es un matiz técnico: es un problema político. Y erosiona la credibilidad precisamente entre quienes más directamente se sienten afectados —ganaderos, agricultores, productores que compiten en condiciones desiguales—.

Pero el problema va más allá de un acuerdo comercial concreto.

Asturias es un territorio donde el mundo rural sostiene no solo actividad económica, sino equilibrio social y territorial. Donde el relevo generacional en la ganadería es cada vez más incierto. Donde las comarcas del interior ven reducirse servicios y oportunidades. Donde la transición industrial genera incertidumbre real en miles de familias.

Y donde las villas marineras siguen mirando a la mar con orgullo y preocupación a partes iguales.

La pesca artesanal y de bajura, tan vinculada a nuestra identidad costera, afronta desde hace años regulaciones cambiantes, presión de costes y ausencia de una estrategia a medio plazo que aporte estabilidad. Cuando una embarcación amarra definitivamente no desaparece solo un medio de vida. Desaparece comunidad. Desaparece arraigo. Desaparece futuro.

No es cierto que el mundo rural o las zonas costeras se hayan “vuelto” de extrema derecha. Lo que existe, sobre todo, es desafección. Abstención. Cansancio. Sensación de que gobierne quien gobierne, la vida cotidiana cambia poco.

Donde no hay proyecto político arraigado, hay vacío.

Y el vacío siempre lo ocupa alguien.

La extrema derecha no crece por la sofisticación de sus propuestas económicas. Crece donde el malestar no encuentra cauce. Crece donde la política deja de hablar de precios, de rentas, de servicios públicos, de dignidad material.

Si la unidad de la izquierda no parte de ahí —de la vida concreta en los pueblos del interior, en las explotaciones agrarias, en los puertos donde la mar marca el ritmo— será una unidad frágil. Podrá ordenar el tablero institucional, pero no reconstruirá mayoría social.

La izquierda fue fuerte cuando supo vincular conflicto social y proyecto material. Cuando estuvo presente en la fábrica, en el campo y en el puerto. Cuando entendió que sin territorio no hay mayoría y sin coherencia no hay confianza.

Hoy el desafío no es simplemente evitar que avance la extrema derecha. El desafío es volver a estar donde la política dejó de estar.

Porque hay territorios que no piden consignas.

Piden respeto.

Piden coherencia entre lo que se promete y lo que se vota.

Piden que la política vuelva a hablar el idioma de su vida cotidiana.

La unidad no se proclama. Se demuestra. 

Y solo será real si se construye desde abajo, desde la tierra y desde la mar, allí donde el futuro no es un eslogan sino una pregunta urgent