Groenlandia y la vanidad europea

OPINIÓN

Vista aérea de Groenlandia, en una imagen de archivo
Vista aérea de Groenlandia, en una imagen de archivo THOMAS TRAASDAHL

Europa, que fue el centro del mundo —o al menos de la historia universal— hasta que dejó de serlo, está empeñada en una sutil operación destinada a cambiar su supremacía militar y su imperialismo congénito por un liderazgo moral, jurídico, igualitario y ecológico que le permita mantener su papel de faro de la humanidad sin pagar ni usar un cartucho. La primera consecuencia de este desatino es que nuestra esfarelada diplomacia y nuestra defensa de soldaditos de plomo están basadas en una ideología hedonista y fulera que el sabio pueblo convirtió en refrán: «Consejos vendo que para mí no tengo». Por eso no podemos admitir que el zafio y arrogante presidente Trump tenga casi toda la razón cuando diagnostica la extrema debilidad política, el optimismo defensivo y la confusa y fragmentada diplomacia de la UE.

La Europa de la romanización forzosa (gracias a Dios, diría San Agustín), las invasiones bárbaras, la europeización de toda América y la expansión de nuestras religiones, culturas y lenguas por todos los continentes; la Europa de los imperios español, francés e inglés zurrándose a placer en los cinco continentes; la de las invasiones napoleónicas que destruyó, robó y mató sin contención para imponer su ley y despreciar todas las demás; la Europa de las grandes revoluciones, la guillotina, los gulags y los campos de concentración; la que coronó su historia de sangre y fuego con las dos guerras mundiales del siglo XX, y la Europa que dejó llegar al poder al mayor invasor y genocida de todos los tiempos aún no ha aprendido que todos los cambios de orden siempre se hicieron por un acto de voluntad —escrito e impuesto por las armas— y no por las normas internacionales que son, obviamente, las que se quieren derogar.

La Europa que tanto celebró a Julio César, Maquiavelo, Clausewitz y Carl Schmitt, profetas de la violencia creativa, se apea ahora de la burra, cuando las grandes potencias tienen la posibilidad de destruir el mundo y todas sus civilizaciones, para encomendar su futuro a acuerdos posmodernos, ecológicos, feministas, poéticos e igualitarios, sin darse cuenta de que en su seno se siguen alimentando rancios nacionalismos que aún trabajan las herramientas e ideologías que hicieron estallar las grandes guerras.

Que, llegados al punto donde estamos, nuestro tema de conversación sea la pequeña y feliz Dinamarca es una situación propia de quien no se ha mirado al espejo y no sabe que, si Groenlandia necesitase una guerra de tres días, ningún país europeo llegaría a tiempo, ni ningún ejército aportaría la muerte de un soldado. Porque toda la fuerza se nos va por la boca —como viene siendo habitual— para decirle a Trump qué, cómo y cuándo lo debería hacer… ¡para nuestro bien! Lo que sobra en la UE son debates y consejos contextualizados en la utopía de la unanimidad. Y lo que falta es la realpolitik, otro invento europeo, que en los acuartelamientos de mis veinte años, y en el derrumbe de la dictadura, nos explicaban diciendo que «ni el enemigo es tonto, ni nosotros somos los buenos».