¿Es posible la democracia?

OPINIÓN

Urna electoral
Urna electoral Joaquin Corchero | EUROPAPRESS

16 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

I La cuestión

En tanto en cuanto, entre otras prescripciones trascendentales, haya un corpus jurídico que la sustente, libertad para que el ciudadano con derecho a voto eche en las urnas su papeleta, que el escrutinio sea rigurosamente vigilado y certificado por la autoridad designada a tal fin y que el perdedor, por frustración o cualesquiera otras <<emociones>> apesadumbradas, no hable de pucherazo, damos por cierto que la democracia existe y que está muy presente, sobremanera en Occidente. No obstante, fidedignamente poco fiable, una vez <<remasticada>> la cuestión con dosis altas de saliva de racionalidad, entendemos que la democracia verdadera es poco más que un señuelo y que, todavía con más aflicción, es inimaginable su mera denominación incluso antes de que entre el siglo XXII.

Creemos necesario, asimismo, tratar de disipar las equivocidades con capacidad para enmarañar una respuesta que presentaremos como axiomática, que es la única que será capaz de emerger al final de la teoría que desplegaremos, y lo haremos de forma sencilla, por no ser un periódico el medio apropiado para un ensayo o una propuesta de ensayo, pero que se ancle en proposiciones, como mínimo, debatibles, más allá de que nosotros defendamos, argumentando, la imposibilidad de una democracia en el estricto sentido de su concepto absoluto.

No a menudo, pero sí en ocasiones, hablamos de lo absoluto como algo real, probable a veces, como en el caso de las religiones, sin reparar en que lo absoluto es una aporía y, así, es hasta ridículamente ocioso decir que es la mente quien genera nociones irreales que, sin embargo, damos por buenas, como el amor o la felicidad. De Ada, el personaje de Nabokov en su relato Ada o el ardor, nos cuenta su creador: «Ada solía decir que, a menos de ser muy cruel, o muy tonto, o un niño de pecho, no era posible ser feliz».

En cuanto al amor, intentemos nos engañarnos acerca de su excelsitud, e investiguemos si no es más bien sexo o, si se sienten más cómodos, una especie de sexo, una respuesta adaptativa en definitiva, no contradistinta al <<amor>> que une de por vida a las magnolias y los coleópteros. Se revela, por tanto, relativo, o sea, no absoluto, todo lo que dimane de nuestros intrigantes pensamientos, producto de una potentísima máquina de maquinaciones. Entonces, lo conveniente para avanzar en este interrogante es dejar en suspenso las imperfecciones de la condición de humano, muchas y notables, y reparar solo en los <<bultos>>, dándolos por aceptables, porque, de lo contrario, se extraviaría todo esfuerzo de discernimiento.

Así pues, un bulto sería el número de votantes. Existe, indefectiblemente, un umbral numérico a partir del cual la democracia es inviable (acabamos de reseñar que hablamos de democracia con las imperfecciones que genética y culturalmente portamos; el bulto, en referencia a una escultura de bulto, es otra cosa: no apela a esas imperfecciones, a las que no les presta atención, apela a elementos operativos, prácticos). No estamos en condiciones de fijar cuántos son los electores máximos que posibiliten una democracia, digamos, canónica, aceptable.

Como aproximación, el número no debería de exceder la población de una ciudad-Estado, cuyo referente mayúsculo es la Atenas de Pericles. Porque que sean, en el extremo, millones de personas, como está sucediendo desde la revolución de las colonias británicas de América contra el Reino Unido, la metrópolis hasta 1776, rebasa todas las condiciones imperiosas que exige una democracia verdadera (pese a todo, en este episodio, los sublevados americanos consiguieron hilvanar una democracia mínima; máxima si la confrontamos con la que tienen actualmente).

La problemática numérica se encaja con otros bultos: las siderales diferencias existentes entre los que ocupan la cúspide y aledaños de la pirámide social y los que son obligados a <<desescalarla>>, hasta la mismísima base, donde se apiña el grueso de los individuos de una comunidad dada, es el factor más decisivo que ahoga cualquier posibilidad de acercamiento a la «Libertad, Igualdad y Fraternidad», de utilizarse el lema francés de 1789.

La influencia rabiosa y trasversal que ejerce la flor y la nata de cada conjunto político hace inviable el mandato de los ciudadanos, que queda relegado en exclusiva a acudir cada cierto tiempo a los colegios electorales, quedando rehenes de los oligopolios y de los gobernantes que se entregan a ellos en perjuicio del bien común. Esta tesitura se vuelve aún más malévola con la intervención de los medios, plataformas y redes sociales de información maledicente que procuran, justamente, cancelar esta mínima representación popular.

II La propuesta

Hasta donde se llega a ver, que una multitud de electores solo disponga de capacidad de decisión cada cuatro o cinco años inhabilita su intervención o, cuando menos, la reduce escandalosamente hasta <<jibarizarla>>. Es por ello que una democracia verdadera es posible, exclusivamente, cuando un gran número de representantes de una comunidad pequeña (la ciudad y su área de influencia constituidos como Estado) puede reunirse en asamblea para hacer las leyes. De hecho, el sistema democrático nació de los contingentes militares que velaban por la seguridad extramuros de las ciudades-Estado helénicas, al reunirse alrededor de un poyo de madera o piedra, que iba ocupando alternativamente cada miembro de la guardia, levantando previamente la mano, para dar su opinión sobre las circunstancias diversas que iban surgiendo en el día a día de su cometido vital.

Ha de quedar en claro al respecto que, en las circunstancias que se dan desde el siglo XVIII, el régimen democrático es verdadero en cuanto que cumple diversos parámetros (como los aludidos en el primer párrafo del punto primero), pero no es un régimen <<verdaderamente>> verdadero, porque en el despliegue de la acción enmudecen los protagonistas principales: los ciudadanos. Pero, por si esto no fuera suficiente, ¿de qué ciudadanos estamos hablando? Porque, estando en la corte del tirano de Siracusa Dionisio II, en el 631 a.C., Platón, invitado por aquel para elaborar una Constitución, con preámbulos que justificaran las leyes (los preámbulos aparecieron por primera vez entonces, y son imprescindibles en la actualidad), le dijo al tirano que, para ser un buen ciudadano, había, en primerísimo lugar, que «reformarse uno» para «encontrar el camino [de la Virtud]», siempre con la ayuda de un maestro, que le educaría en el Bien, según escribió años después el ateniense en su Carta Séptima, donde relata que le explicó a Dionisio que la educación, que enseñaba en su Academia de Atenas, implicaba un arduo trabajo, la renuncia a los privilegios inherentes a un gobernante absoluto y no dejar nunca de tener vergüenza, que es una máxima platónica decisiva en política. Platón fracasó en su intento por la arrogancia y, justamente, la falta de vergüenza de Dionisio que, sí hablaba de democracia, pero de una democracia <<bronceada>>.

En la Carta Séptima que Platón escribió en el 353 a.C. a los «amigos y compañeros de Dión», un aristócrata siracusano que quiso aplicar la filosofía política del sabio ateniense y que, tras derrocar a Dionisio II, fue asesinado, les insiste, en esa misiva, que luchen contra la «tiranía» y trabajen por el «bien de Siracusa», imitando a Dión. Un año después, en la Carta Octava, Platón es más preciso respecto al gobierno de la ciudad-Estado siciliana al indicar que las leyes deben ser «imparciales», que no favorezcan a ninguna facción por encima de las demás.

Esto sería posible, a juicio del sabio, convocando a cincuenta hombres (no eran tiempos para las mujeres) mayores y responsables procedentes de toda Gracia para que redactaran una Constitución que satisficiera a todas las partes, junto a otras medidas que ya había plasmado en su diálogo <<Leyes>>, algunas anticipadas en el <<Político>>, donde rompe con la metafísica de su diálogo <<República>>, uno de los esenciales en la conformación de su Teoría de las Ideas. Además, el gobierno de los filósofos que proponía en la <<República>> era sustituido, en el <<Político>>, por estadistas expertos que, igualmente, pierde protagonismo en las <<Leyes>>.

Es, entonces, en <<Leyes>>, donde Platón certifica su apuesta por una ciudad-Estado, a la que llama Magnesia, ideal, pero posible, donde esta posibilidad la ve factible después en Siracusa. Parte de una monarquía con poderes limitados (también podía ser una diarquía, siguiendo el modelo de Esparta, o una triarquía de resultar más adecuada, aunque el rol de rey era aconsejable que lo tuviesen los «funcionarios mayores»), sometida a una Constitución para todos, observada por una Asamblea de ciudadanos libres y un Consejo, que se controlarían entre sí para que no volviese la odiada tiranía. Y esa Constitución sería confrontada con las constituciones de otras ciudades con el propósito de mejorarla si algunas de estas eran más ecuánimes.

En esta ciudad, el Estado tendría como obligación ineludible la educación de las personas, hasta el punto, y aquí el alto relieve que Platón da a la formación, de que el Estado entero sería una institución educativa. Las materias que se impartirían a los alumnos serían Dialéctica, Metafísica, Teología, Estudio del Alma, Aritmética, Geometría, Armonía y Astronomía. Reiterando como clave que la reforma de la persona es la meta de la Filosofía; y esta reforma requiere esfuerzo en el estudio, porque el destino último e inalienable es el «bienestar» de los ciudadanos.

El ejercicio del raciocinio, la expulsión de la superstición (hoy, los conspiracionistas, los negacionistas del cambio climático o los antivacunas: de mayo a octubre, nueve niños israelíes han perecido de sarampión porque sus padres, ultraortodoxos se negaron a que les vacunara), darles modelos de comportamiento cívico, etcétera, y todo ello para un objetivo primordial: ser justos, que pasa, por supuesto, y aquí Platón es contundente, por reducir la brecha que separa a los que más tienen de los que tienen menos, que es causa de los males que anidan en las sociedades.

El Bien y la Virtud son los objetivos de su propuesta educativa, económica y legislativa, llegando a escribir que los ciudadanos serán «esclavos de las leyes por propia voluntad» porque han sido educados para ser buenas personas. El acatamiento de la Constitución, que está por encima de los deseos individuales, es el <<summum>> al que debe aspirar todo gobernante verdadero, evitando, por consiguiente, que “ningún mortal” acapare todo el poder.

III La conclusión

Se dice que la democracia es «el menos malo de los sistemas políticos», y, siendo esto acertado, la democracia, empero, <<atesora>> sus propios males, que la hacen injusta, fraudulenta, aparte de mostrarse débil frente a los poderes fácticos, los fanatismos y los populismos, por lo que, tarde o temprano, acaba en dictadura.

Todavía admitiendo las taras-bulto presentes, la democracia podría sacar la cabeza de la <<ciénaga>> para respirar, para mantener un hilo de vida. Sin embargo, acogiéndonos a la «madre del cordero» de la filosofía política de Platón, la educación, no nos queda otra opción que concluir que la democracia es imposible, porque no hay una educación encaminada a la Idea de Bien (hoy, menos que nunca; mañana, una alucinación) como eje vertebrador de una sociedad que luche denodadamente por mantenerse lo más sana posible.

(A modo de corolario: de estar en ejercicio ese bien común que dimana de la educación, ¿hubiera habido en Italia alguna empresa que programara cacerías los fines de semana, en los años 90, en Bosnia, pero cacerías no de fieras o de bambis, sino de personas, de bosnios, chicos o adultos, hembras o machos, donde cada <<pieza>> cobrada tenía su propio valor, o sea, el cazador pagaba más o menos al <<touroperador>>, donde abatir a una embarazada era lo supremo, lo incomparable, lo que merecía la pena gastarse un buen fajo de billetes?).