Aquellas infancias ovetenses: historias del ferrocarril, pervivencias rurales y paisajes ordinarios

Emilio J. Cepeda García

OPINIÓN

Aspecto actual del antiguo Cortijo de Regla, con la casona rehabilitada y el antiguo arco de entrada al recinto.
Aspecto actual del antiguo Cortijo de Regla, con la casona rehabilitada y el antiguo arco de entrada al recinto.

Desde mediados del siglo XIX, la implantación del ferrocarril impulsó el desarrollo económico y el crecimiento espacial de las ciudades, pero a la vez ocasionó efectos negativos tales como la segregación espacial o el efecto barrera entre distintas zonas de las urbes. Oviedo no fue una excepción: la estación del Norte orientó el desarrollo urbanístico hacia el eje Fruela-Uría, y los trazados ferroviarios —tanto de vía ancha como estrecha— produjeron límites entre barrios y formaron el denominado cinturón de hierro, muy presente en el paisaje ovetense hasta finales del siglo XX.

Hoy hablamos del tramo del ferrocarril Vasco-Asturiano localizado entre el Postigo Bajo y los antiguos talleres de Santo Domingo. Allá donde el camino de hierro, tras salir de Gascona y trazar una curva que abrazaba la colina del núcleo original de Oviedo ?y dejar atrás la Fábrica de Gas y los Postigos?, se volvía recto sobre un terraplén, que también ejercía de frontera urbana entre las calles Regla y Juan Escalante de Mendoza y la zona este de la ciudad.

En los años 80 del siglo XX allí se daba una curiosa mezcla entre el incipiente desarrollo urbano posterior a las reconstrucciones tras la Guerra Civil y su origen, extramuros de la ciudad consolidada, con características de «barrio bajo» e históricamente deprimido tanto topográfica como socialmente.

La curva descendente de la calle Juan Escalante de Mendoza, en dirección SO- NE, vertebraba la nueva zona urbana, en la que el planeamiento oficial había sustituido a las clases populares por las medias. Dominaban el paisaje edificaciones masivas de ladrillo de los años 70 junto a viviendas pioneras de los años 50-60 en su margen occidental, en la manzana compartida con la calle Regla, a la que se unía en su parte más baja, en giro hacia el NO.

El trazado de Juan Escalante desembocaba hacia el NE en un pequeño espacio de aparcamiento previo al terraplén del ferrocarril, cuyas laderas estaban pobladas por numerosos eucaliptos. Un pequeño arco atravesaba las vías por debajo y permitía acceder a la explanada de los talleres ferroviarios —lugar transitado por heroinómanos y salpicado de limones y jeringuillas usadas— y a los descampados, que se prolongaban hasta la actual Ronda Sur.

Por su parte, la calle Regla, antiguo barrio extramuros de la ciudad histórica, estaba compuesta en uno de sus márgenes —el orientado al N y unido a Juan Escalante—, por construcciones de carácter semirrural, supervivientes de los años de la autarquía o incluso anteriores, y contenía algunos edificios populares notables. Destacaba la casona de Regla (la original), en avanzado estado de deterioro, y la panadería Gayo, que ya en aquellos años estaba cerrada. Todavía se conservaban restos de la antigua industria y parte de los muros del cortijo —que databa del siglo XVIII—, y varias viviendas habitadas dentro del recinto, frente a la casona. De allí hasta el terraplén, antiguos campos, pervivencias rurales, completaban el paisaje.

En aquellas infancias ovetenses, con el sonido de los trenes de fondo, las vías ejercían gran poder de atracción sobre los más pequeños. El terraplén del ferrocarril y sus alrededores servían de marco de juegos y allí pasábamos largos ratos: por ejemplo, poniendo pesetas en los raíles al paso de los convoyes para que las aplastaran; o en ocasiones piedras, lo que nos mereció reprimendas y huidas apresuradas tras sorprendernos alguno de los vigilantes u operarios que, muy de vez en cuando, pasaban por la zona.

El lugar también atraía a macarras varios, con los que no solía ser agradable encontrarse. En una ocasión, quizá con diez u once años, iba acompañado de un amigo que había cogido unas flores para llevárselas a su madre (como buen hijo que era), y nos encontramos en las vías con uno de los matones clásicos de la zona (y hermano menor de un futbolista del Real Oviedo de aquellos años). Iba acompañado por su consorte de aduladores y «ríegracias» e hizo buenas chanzas con el regalo de mi amigo: «rosita, rosita, flores para tu mamá», aunque la cosa no llegó a mayores.

Más de una vez, ya aburridos, nos aventuramos algo más lejos y atravesamos el pequeño puente de hierro sobre el Postigo Bajo, —del que hasta no hace mucho quedaban vestigios de su basamento, al lado de la Popular Ovetense—. Incluso alguna vez, repletos de audacia, pretendimos explorar el llamado túnel de San Lázaro, más allá de los talleres… a mí me pudo el miedo y no llegué a entrar, pero tengo amigos que aseguran que sí lo hicieron. Tuve que esperar hasta su apertura al público, ya en el presente siglo, para cumplir mi sueño infantil y atravesarlo hasta el Parque de Invierno.

Otro hito de aquel paisaje se localizaba en el margen NE de Juan Escalante de Mendoza. Allí el terraplén del ferrocarril se prolongaba hasta la última edificación de la calle mediante un muro y basamento de hormigón de unos tres o cuatro metros de altura, y dejaba una pequeña abertura de no más de treinta centímetros respecto a la fachada. Leyendas urbanas aseguraban que algún niño había caído en el hueco y, bloqueado e incapaz de moverse, tuvo que ser rescatado.

El premio si trepabas el muro era el acceso directo a lo que de aquella se llamaba «el Prau»: una especie de baldío, pervivencia del pasado rural, en la trasera de los bloques de viviendas, a la que también podía accederse a través de un pasaje cerrado con una puerta de hierro —que aún existe—, casi a la altura del portal número 16.

Con el paso de los años, la zona cambió y el paisaje evolucionó. Hoy, el trazado interior del ferrocarril ya es historia: de cinturón de hierro quiso pasar a cinturón verde; pero el verde se quedó en gris y, tras los consabidos aprovechamientos urbanísticos, se transformó en gestión de aparcamientos subterráneos. El terraplén desapareció y Juan Escalante de Mendoza y Regla, rotonda mediante, obtuvieron salida a la Ronda Sur, transformada en nuevo límite.

Pero, curiosamente, y pese al claro avance de lo urbano, el contraste con lo tradicional sigue existiendo: por un lado, tras el derribo de las antiguas naves y edificaciones, el recinto del cortijo de Regla y los antiguos campos acogen varios bloques de viviendas y zonas verdes, que forman las nuevas calles José López-Muñiz y su continuación en Carlos Asensio Bretones, de marcado carácter residencial; por otro, junto a la casona (de dudosa rehabilitación) y al arco de entrada al cortijo como pequeño hito, perviven también en el paisaje los restos de la Panadería Gayo y gran parte de las edificaciones populares. Algunas aún habitadas, la mayoría fosilizadas y, sin duda, en espera de la piqueta y la renovación urbana que, más temprano que tarde ?y a la espera de la revisión del PGO de 2006?, llegará.

El botín, que incluye todo el interior de la amplia manzana Regla-Juan Escalante de Mendoza-San Pedro Mestallón-Padre Suárez —formado por campos y baldíos herederos del pasado rural de la zona—, es jugoso y se encuentra «a un paso de la catedral y el Oviedo antiguo», ese parque temático para turistas en el que parece haberse convertido el casco histórico.

Valga este artículo como reivindicación y memoria de un paisaje urbano ordinario, cotidiano, como cualquier otro de los que habitamos la mayor parte de las personas. Escenarios de pequeñas y grandes historias que, sin duda, merecen ser contadas. Paisajes que no poseen unas características excepcionales según los criterios tradicionales pero cuyo valor, además del sentimental e identitario, es el de ejercer de testigos y ayudarnos a interpretar la evolución histórica de las ciudades.