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Otra ciudad azul: Trieste

OPINIÓN

Estatua de Joyce en Triesta
Estatua de Joyce en Triesta

20 jul 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Las ciudades, como las personas, son muy diferentes, pues dependen de los genes, tan particulares, de los ciudadanos, nativos unos y otros de fuera o extramuros, procedentes de tierras próximas o lejanas, hasta de Asia, llamados coreanos por proceder de Corea. En el caso de Oviedo fueron muy importantes los llegados desde León, tierra de paños, bollos dulces y de adobes, que son mezcla de paja y barro, y no son ladrillos. A algunos de esos leoneses, los ovetenses, por delante, llamaban «los carbayones de León», tan imposible y tan exagerado, y, por detrás, «los cazurros» o «maragatos».

No hay duda de que Oviedo es una «ciudad azul», aquí en el Norte, aunque más al Norte está Gijón, que es roja, más encontrada que perdida. También resulta que Trieste, situada en el extremo nororiental de Italia, mirando a Eslovenia y al Adriático, es oficialmente «ciudad azul». Pero la causa de ese azul es sencillo, pues es el color del cielo triestino y de las aguas adriáticas. El «azul» de Oviedo, del «oviedín del alma», es de origen mucho más complicado, estando la ciudad muchas veces encapotada, en color gris, que es mezcla entre extremos, el blanco y el negro, y siempre encopetada.

La irlandesa Edna O´Brien escribió que el azul era el color preferido del gran escritor irlandés, el autor del Ulises, James Joyce (1882-1941), nacido en las afueras de Dublín (Irlanda), que vivió algunos años en Trieste, donde nacieron sus hijos, Georgio y Lucía, y que, no obstante haber estudiado en los jesuitas del Colegio de Dublín, calificó luego a la Iglesia católica, con escándalo, de «fregona de la cristiandad». Curiosamente, otro gran enemigo de los jesuitas por esos mismos años, sería el ovetense, Ramón Pérez de Ayala (1880-1962), nacido en la calle Campomanes, en Oviedo, y autor de AMDG.

«El azul ?escribió Edna O´Brien- tenía para Joyce, siempre tan supersticioso, el valor de un talismán. Era el color de sus ojos y el color que adornaría la primera edición del Ulises». Y en el capítulo 13 del Ulises (el de la referencia homérica a Nausica), escribe:

— «Los ojos de Gerty eran del azul irlandés más azul, engastados en relucientes pestañas y en expresivas cejas oscuras»—
—«Una linda blusa de azul eléctrico»—
—«Una falda tres cuartos azul marino»—
—«Llevaba una delicia de sombrerito coquetón de ala ancha, de paja marrón, con un contraste de chenille azul huevo»—
—«Que la novia tiene que llevar un poco de azul en alguna parte»—
—«Su ideal de galán no es un príncipe azul, que ponga a sus pies un amor raro y prodigioso, sino más bien un hombre muy hombre»—

Todas las ciudades, cuyo acceso principal es una estación de ferrocarril, ya tienen algo de común. A la del Norte, en Oviedo, se llegaba en coche cama, en primera o en segunda clase, en tren expreso o «Costa Verde» procedente de Madrid, y a la de Trieste se llegaba en expreso procedente de Paris-Venecia-Viena o Milán. Como en aquel entonces las maletas no tenían ruedas, en Oviedo y en Trieste, había que arrendar los servicios de los llamados «maleteros», que transportaban los equipajes al hotel en carros empujados a mano, llevando el arrendador-maletero gorro y mandilón azules.

Nada más salir de la estación del Norte, el viajero recién llegado, se encontraba con la confitería de santos y santas, llamada Santa Cristina, pisando ya en la calle Uría. La cosa era distinta en Trieste, pues a los pocos metros de la Estación Central, está la Piazza della Libertá, en la que hay una estatua en bronce de Isabel de Baviera, Sissí o Elisabetta, esposa de del emperador Francisco José I de Austria. La tal Sissí, como es sabido, murió apuñalada por un anarquista en Ginebra (1898), ciudad esta del Imperio austro-húngaro. Y decían que era tonto el Emperador. ¿Por qué a los de tan alto o parecido rango, siempre se les consideró tontos?

En Oviedo no hay efigie de la Reina Leticia presidiendo plaza alguna, lo que es lamentable siendo de tal rango y aquí nacida, aunque no de la Casa Wittelsbach (la de Sissí) o parecida. Por ahora sólo hay una «leticias» que son delicias de confitería, de ingredientes sabrosos, incluso a base de galletas. Del Alcalde de Oviedo, tan propenso a celebraciones así o parecidas, se espera un pronto y nuevo monumento que no llevará nombre de futbolista alguno, sino de la realeza. Pues de imaginaciones o fantasmadas, ya estuvo bien; ahora toca lo justo y accidental. Y no valdría colocar la estatua de la Realeza en San Esteban de las Cruces.

Ya en Oviedo, ya en Trieste, merecerá meditar qué es eso tan incoloro o azul que es el oviedismo o la triestinidad», algo complejo y que tantos problemas psicológicos plantean a los que viven en Oviedo sin serlo, en busca de una «asimilación», como en la época de los Reyes Católicos; asimilación que parece que llega, pero que no. Lo de Trieste parece menos complicado por tres razones: 1ª porque esa ciudad admite que «el que no nace triestino, se hace»; 2ª porque tiene memoria de que en su Puerto se han acogido a todos los náufragos; 3ª porque «la bora» sopla con fuerza volviendo a los más cuerdos en locos, siendo por el viento de allí lugar apropiado para todas las diásporas o suicidios.

Plá ya escribió de la «Tristeza de Trieste», acaso por ser definitivamente italiana solo desde 1954.

Nada de eso ocurre en Oviedo, que es de mucha sensatez, pues muy sensato es aspirar a lo que no se es: pretender ser una ciudad marítima, pues la calle Uría se llena de barcos con ocasión del Día de América, por San Mateo, en pinturas y carteles de mi amigo Jesús Álvarez-Linera. Shakespeare, al fin y al cabo, también se imaginó que Verona, la de Romeo y Julieta, fue una ciudad junto al mar. Y en la calle Fruela hasta hubo un prestigioso comercio que se llamó El Navío.

Ese desajuste entre lo que se es y lo que se quiere ser, plantea problemas en lo más alto o cabeza, que cuesta trabajo a Bobes resolverlos. Y lo de terminar integrándose en el «oviedín de alma», parece que llega, pero no; es imposible, siempre impedimento sin dispensa. A dicho efecto acudir al Teatro Campoamor es insuficiente: apuntarse a la ópera o calentar butacas de pelo terciado en sesión monárquica y otoñal, pasando del príncipe a la princesa o viceversa, que así será en el futuro, con toda seguridad. Tampoco bastará engullir una decena o centena de carbayones salidos del obrador de Camilo de Blás, de mucha magia y fantasía.

Y hay que decir, casi protestando, que lo que inventó Heráclito hace unos años, de que «el carácter de un hombre es su destino», en Oviedo no tiene lugar, pues parece como si el destino nada importara, siendo más importante el «de dónde vienes y qué fuiste». Que los políticos aseguren lo contrario, es igual, que para eso cobran.

Nadie discutirá que Oviedo fue Vetusta, ciudad provinciana, en el siglo XIX, el de lo romántico, los adulterios, los canónigos y magistrales. La Regenta de Clarín, tan de la Restauración del siglo XIX, de la generación del 75 a 80 de ese siglo (según José Carlos Mainer, La Edad de Plata) es de ese siglo, que a los del XX y XXI parece hastiar. Aburren los turbios intereses de lo que llamó el autor antes citado «la clase media provinciana, el tufo sofocante del brasero doméstico» y añado: las vueltas y revueltas de la sotana de un clérigo prometedor.

Sobre Pérez de Ayala (1881-1962), anglófilo, de generación posterior a la de Clarín. J.C. Mainer se queja de sus historias de rentistas y de objetos añosos. Confieso que me interesa más la vida que las obras de Don Ramón. No puedo olvidar sus Escritos políticos, publicados en 1967, siendo uno de los primeros números, el 61, del llamado Libro de Bolsillo, Alianza Editorial. Tampoco olvido la Antología Asturiana de Pérez de Ayala, editada por la Caja de Ahorros de Asturias en 1982, caja de ahorros muy importante para los asturianos hasta que los políticos ignorantes, con la complicidad de otros, igual de ignorantes, acabaron con ella. Y no fue monárquico.

Y la literatura de Trieste es ya universal, no provinciana, destacando Italo Svevo, el poeta Umberto Saba, Claudio Magris, que no escribió en el periódico local, sino en el Corriere della Sera; también Joyce, el irlandés errante, que escribió en esa ciudad (Trieste) parte de su gran obra Ulises, tan difícil de entender, siendo la sencilla historia de una «variopinta» pandilla de dublineses el 16 de junio de 1904, conmemorando la primera cita amorosa de Joyce con Nora Benacle, tardíamente casados, luego pecadores. Joyce dejó su tierra Irlanda muy joven por la vergüenza muy irlandesa de ser pobre. La ya citada irlandesa Edna O´Brien escribió que «para el joven de veintidós año, Irlanda devendría el fomento de su imaginación con sus dos pilares inquebrantables: la memoria y el exilio». Y añado que quizás también el sexo; el sexo como el centro de todos los impulsos humanos.

Ciudades de cafés: Oviedo y Trieste.

Café Degli Speechi
Café Degli Speechi

Recuerdo de lejos, en Oviedo, dos grandes y singulares cafés, el Peñalva, en la calle Uría, y el Cervantes, en la calle Argüelles, ambos con puerta giratoria a la entrada. El Peñalva, de invisible barra, lugar de reuniones y tertulias, de camareros como uniformados, olía a exquisito café, aunque no tanto como el de la Cafetería de la Estación del Norte. El Cervantes era como un rectángulo, estando a la izquierda entrando, en dos alturas, asientos aterciopelados del color entre rojo y morado, y a la derecha había mesas y sillas que miraban a la Plaza de La Escandalera, estando al fondo la barra. Creo recordar que por allí andaba el grande Conrado y su mejor camarero que, ambos, luego irían al también Cervantes, enfrente de la Estación del Vasco, en Jovellanos (Oviedo). Del Cervantes café se pasó a banco, el Ibérico, muy del Régimen.

En Trieste acostumbro a desayunar bollos suizos con confitura de cerezas de la «Casa» y miel en el Caffè degli Speechi, en la grandiosa Piazza dell Unità d´Italia. Compré libros en el Caffè, también librería, San Marco, cerca de la Sinagoga. Y por saber que Trieste fue del Imperio Austro-Húngaro, no me sorprendió el estilo vienés de ambos cafés ?influencia turca la de Viena-; lugares, además de para tomar café, son para tertulias y lectura de prensa.

Y muy de Trieste y Oviedo, son las esculturas al aire libre. Las de Trieste son de sus literatos, la del escritor adoptado Joyce, junto al Canal Grande, y las de Saba y Svevo por diferentes partes de la Ciudad. Las de Oviedo son heterogéneas: un director de Cine, un perro, La Regenta y el culo de una de Botero, no habiendo reparado en su día la autoridad municipal, que las señoras y señoritas de Oviedo no eran en aquel tiempo de traseros tan mayúsculos, estando reducidos por poderosas «fajas», para que el tubo de la falda entrase.