Como estamos viviendo tiempos duros y agresivos, como el mundo está cada vez más loco y las mentiras y las verdades se confunden en la borrosidad de los fakes, las personas que trabajamos con las palabras tenemos que ser cada vez más exquisitas en su uso, porque en función de los términos que utilicemos así será el mensaje y la sociedad que tendremos. Ahora que hemos conseguido entender la diferencia entre un beso y el abuso, también debemos distinguir lo que es una discusión y lo que es una humillación. Lo hemos visto recientemente con lo sucedido entre Trump y Zelenski, que ha azorado a todas las personas de bien que, sin necesidad de un conocimiento erudito, son capaces de observar en la escena elementos que, tanto desde el punto de vista discursivo como del análisis no verbal, conducen a evidenciar que Trump y Zelenski no están discutiendo. No desde el momento en que entre ambos no existe un intercambio de pareceres y de argumentos que tiene como base el respeto. Lo que ha sucedido entre Trump y Zelenski tampoco es una bronca, por la misma razón. En la desigualdad del abuso, en las palabras cargadas de violencia, en el objetivo de desacreditar al otro con la ferocidad del acorralamiento, en la señalización con el dedo índice solo hay imposición. Trump y su vicepresidente violentaron y humillaron a Zelenski. En eso no hay discusión.
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