Santiago Rey Fernández-Latorre era un amigo muy querido. Y la noticia de su muerte no deja entrar en mi alma ningún sentimiento distinto al del espacio vacío que ya no podré llenar. La vida —que es, ante todo, un deber personal irrenunciable— no se para ni se enfría con el profundo dolor de un amigo perdido. Pero va cambiando, y empieza a ser más advertida de riesgos y debilidades, cuando nos faltan referencias y apoyos que fueron parte importante de nuestra forma de ser y de lo que hemos podido hacer, y cuando nos consuela más la conciencia de lo que vamos perdiendo y de los abismos que vamos salvando que el olvido —tan natural como benéfico— que nos puede tentar a prolongar nuestra vida huyendo hacia delante.
Santiago Rey fue una persona muy importante para la configuración de la España de hoy, y para el asentamiento de las instituciones gallegas de autogobierno, al que La Voz de Galicia y todo el Grupo Voz contribuyeron de forma decisiva. Para que las cosas fuesen así, y así lo sigan siendo, fue necesario un empresario de la comunicación clarividente, libre, con una enorme capacidad para enfrentarse a los cambios culturales y tecnológicos de la nueva comunicación, y con la fuerza necesaria para afrontar los importantes riesgos inversores que transformaron la comunicación y la información en los espacios más dinámicos del mundo actual.
De ese esfuerzo y esa generosidad se beneficiaron un periódico y un grupo de comunicación —el Grupo Voz— que hoy está entre los mejores y los más exitosos de España. Y por eso tengo la seguridad de que hoy hablarán del empresario muchas personas que, desde distintos ámbitos —la comunicación, la gestión, la cultura, la política, el emprendimiento y la modernización social— analizarán con conocimiento y justicia la labor realizada por Santiago Rey, y la herencia —compuesta de oportunidades y deberes— que nos deja a todos los gallegos.
Pero lo que yo quiero y necesito es recordar al empresario que conocí en 1982, conmemorando el primer centenario de La Voz de Galicia, y al amigo inesperado que me surgió en 1990, en uno de los momentos más difíciles de mi vida, que me llamó a un teléfono casi ocioso para decirme: «Seguramente tienes muchas cosas que decir sobre el presente y el futuro de Galicia, y yo te ofrezco un espacio abierto para que las digas». Así inicié mi actividad periodística —próxima a cumplir 35 años—, a la que aporté lo que mejor supe y pude, pero que a mí me permitió olvidar las oportunidades que había ganado y perdido en mis primeros 39 años de vida, para instalarme en otra forma de hacer patria que me hizo mucho más feliz —y quizá más útil— que la anterior.
Casi todo se lo debo al amigo Santiago Rey, que me adelantó su mano generosa, que confió y defendió todo lo que hice en su empresa, que me mostró su cariño y su amistad hasta nuestra última y muy reciente conversación, celebrando su onomástica, y de quien quiero soslayar todos sus éxitos y poderes para llorarlo como el amigo insustituible que tanto influyó en mi vida y que acabo de perder.