Vamos por la vida con el piloto automático. Somos ayer y mañana mucho rato. Hasta que un zarpazo te sitúa; el pasado fue, el futuro no existe y aquí estás de prestado. Entonces lo ves. Te das cuenta de que te rodean miles de cosas buenas que no habías catado; gente a tu lado fabricando amor a destajo que lo entrega sin acuse de recibo. Y te quedas con esa médica de un hospital público y gallego que este verano le trae malas noticias a una persona que quieres tanto y se agacha para contárselas mirándole a los ojos, agarrándole la mano. O con la locura de Rosa, a la que los primos y vecinos de su aldea llevaron en volandas a la uci de otro hospital gallego y público porque se cayó y no quería avisar a su hija para no preocuparla justo cuando ella cumplía un sueño laboral. También con que a tus hijas y sus primos se les ocurriese salir a vender pulseras de confección tan casera como trapalleira y los vecinos de tu pueblo natal se las comprasen a precio de oro. Llega el cóctel molotov festivo que es Galicia el 15 y el 16 de agosto y te enamoras de la mujer de 87 años que espera con bastón a que salga la procesión de la Festa da Auga en Vilagarcía mientras se desgañita gritando «san Roque, san Roque, san Roque es cojonudo...». Tienes presente a una amiga fedello que este verano ha sufrido mucho y que, desde el hospital y enchufada al calmante, organiza una bonita tarde de piscina para su gran amor, su hijo. Y bailas, ríes, cantas y lloras pensando en que Sabina se equivoca y tú sí querrías volver al lugar donde fuiste feliz. Pero agradeces haberte dado cuenta de que en el sitio al que has ido a parar la vida también puede ser, y lo es, bella. Aunque la belleza, ya se sabe, a veces duela tanto.
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