El enigma del arte asturiano

Xosé Luis Barreiro Rivas
Xosé Luís Barreiro Rivas LEYENDO LAS PIEDRAS SANTA CRISTINA DE LENA

OPINIÓN

Manuela Mariño

05 jul 2024 . Actualizado a las 10:37 h.

Nadie puede explicar por qué la iglesia de Santa Cristina de Lena —pequeña, insondable y solitaria— es tan hermosa e indescriptible. Por eso, al verla, me acordé de dos sabios, bien distintos entre sí, que llegaron a la conclusión de que, cuando la belleza es obvia y su percepción espontánea, no obedece a causas identificables. A esta joya del prerrománico asturiano le sienta bien la perspectiva de Dostoievski —«la belleza es enigmática»— (Cfr. El idiota), que invita a extasiarse sin hacer preguntas. Aunque mejor le sienta aún la belleza definida por Santo Tomás«pulchrum autem dicatur id cuius ipsa aprehensio placet»— (Summ. Th., Prima Sec., XXVII, Art. II), «por eso se considera hermoso aquello cuya percepción resulta placentera».

  

Aunque los expertos coinciden en que esta iglesia está hermanada, desde el punto de vista arquitectónico, con la de Santa María del Naranco —la más perfecta de las iglesias ramirenses, datada hacia mediados del siglo IX—, no hay coincidencia a la hora de fechar la ermita de Santa Cristina, cuyas hipótesis van desde mediados del siglo IX (Argáiz, Caveda y Quadrado), pasando por los que la datan entorno al año 912, como Amador de los Ríos, o llegando incluso al siglo XII, en plenitud del románico, donde la sitúa Marignan, admitiendo que en su construcción debieron utilizarse piezas más antiguas. Mi opinión, influida por Lampérez, sitúa su fundación a mediados del siglo IX, con restos distintos, que, en el caso de las lajas que refuerzan la divisoria marcada por el iconostasio, pueden ser directamente visigodas.

La planta de la iglesia de Lena es rectangular, de una sola nave, con cuatro cuadrados adosados al centro de los cuatro lados, que le dan apariencia cruciforme. Tales espacios son: una capilla mayor, en la cabecera, que recibe luz exterior por una ventanal ajimezado de tres arcos, abierto al presbiterio; un pórtico de entrada, que da paso a un nártex abovedado, que traza una tribuna real, al estilo de San Salvador de Valdediós; y dos recintos de servicio en los laterales que cumplen las veces de sacristía, al norte, y un cuarto de ofrendas al sur. El presbiterio, antesala de la capilla mayor, es un espacio elevado, con dos escaleras laterales, que está separado de los fieles por un falso iconostasio, con tres arcos y cuatro columnas, con hermosos capiteles, cuya divisoria se remarcan ahora las lajas de decoración visigótica. Sobre los tres arcos del iconostasio hay celosías superpuestas, claramente recicladas de algún uso anterior.

El interior de los muros laterales está adornado con arcos ciegos, con medallones en las enjutas, y una tosca cornisa que señala el arranque de una bóveda de cañón con cuatro potentes arcos fajones, que, a decir de algunos, sustituyó a una posible techumbre de madera. Al exterior se ven numerosos contrafuertes que embellecen el conjunto sin corresponderse con la estructura arquitectónica del templo. El muro de cabecera tiene dos hornacinas laterales, sin vestigios de uso, y una puerta central, que da paso a la capilla mayor, enmarcada por dos pares de columnas con estrías helicoidales entre las que se abre un arco de entrada al altar principal, que descansa sobre dos columnas similares. Y en la parte alta de la nave central, a la altura de la bóveda, hay dos venales cuadrados, que, abiertos al este y al oeste, y con celosías de piedra, iluminan toda la nave. El altar actual ya no está en la cella de cabecera, sino a la altura del iconostasio, conforme a las características de la liturgia posconciliar.

La iglesia está en un bellísimo paraje, en una colina de Vega de Rey, a tres kilómetros de Pola de Lena, muy cerca de la autopista Oviedo-León, y al lado de un apeadero del ferrocarril. No hay acceso para coches, y el último tramo debe hacerse a pie. Y, con todo ello, se genera un espacio fascinante, imposible de olvidar.

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