Desconozco qué circuitos o extrañas conexiones mentales me recordaron el fascinante relato de Tolstói ¿Cuánta tierra necesita un hombre? Fue tal vez la seria advertencia de los agricultores en armas, «Nuestra muerte será vuestra hambre», o quizás la chusca alusión de Feijoo a las vacas y sus emisiones etílicas a la atmósfera, lo que me indujo a releer el texto. Vaya usted a saber. Solo puedo afirmar que no pretendo establecer —al menos de forma consciente, ya que los pozos de la mente son insondables— paralelismo o analogía entre las desventuras de un campesino ruso decimonónico y las andanzas de gallegos o españoles actuales. Cualquier parecido entre el relato de Tolstói y nuestra realidad política y electoral es, pues, pura coincidencia. Si no me cree, si presiente que hay gato encerrado en mis palabras, acuda al original y léase de un tirón ¿Cuánta tierra necesita un hombre? Merece en todo caso la pena: James Joyce, en carta a su hija, lo consideraba «el mejor cuento escrito jamás».
Al campesino Pajom no hay extensión de tierra que le llegue. Cuanta más tiene, más necesita. Y no precisamente porque algunos vecinos se adentren en sus eidos, apacenten el ganado en sus praderas o talen árboles en su bosque, sino por pura codicia. Si yo tuviera mucha tierra, confesaba, no le tendría miedo al mismísimo diablo. Su país le quedaba pequeño en proporción a su ambición desmesurada. Fue entonces cuando un mercader le dio noticia de las inmensas y feraces planicies situadas más allá del Volga: tierra de los baskires, «que son tan inocentes como corderos», donde el centeno crecía a la altura de un caballo y tan grueso que con cinco golpes de hoz se hacía una gavilla. Y hacia allá, tierra de promisión, se encaminó Pajom.
El mercader no había mentido. Los baskires le ofrecían tierra casi de balde, aunque medida la superficie no en acres, ni ferrados, ni hectáreas, ni siquiera los arshines locales, sino en días: mil rublos el día. Un precio insignificante por todo el terreno que pudiese abarcar a pie durante un día, con la sola condición de regresar al punto de partida antes de la puesta del sol. Pajom se echa al camino con paso apresurado y el lector sigue con angustia sus pensamientos, sobre todo acerca del momento en que debe iniciar el retorno para cerrar su latifundio antes de que anochezca. Al final, en un postrero esfuerzo, consigue alcanzar la meta y allí se desploma. Su sirviente trata de levantarlo, pero comprueba que la sangre fluye de su boca: estaba muerto. «El sirviente recogió la pala y cavó una tumba en la que Pajom cupiera y allí lo enterró. Dos metros de tierra, de la cabeza a los pies, era todo lo que necesitaba».
P. D. Al aristócrata León Tolstói, señor de latifundios que trabajaban sus siervos, tampoco le bastaba una jornada para recorrer a pie sus tierras. Al igual que su personaje Pajom, adquirió grandes extensiones de terreno en Baskiria —hoy república de Baskortostán— a precios sumamente bajos. Después, acosado por los remordimientos, escribió su parábola sobre la ambición del ser humano.
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