Palestina: apunte para una reflexión

Juan Casares Long EXRECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

OPINIÓN

María Pedreda

Permítanme acercarme al problema de Palestina desde un punto de vista diferente, lo que hago no como un occidental extraño a la situación, sino como un ciudadano que vivió con su familia durante años, en Oriente Medio. Y conociendo entonces aconteceres similares a los que estamos a vivir en estos días.

Hace ya algo más de cien años, el Gobierno británico decidió ceder a una entidad privada, el movimiento sionista, un «espacio» en uno de sus protectorados, Palestina, para un «hogar nacional». Los señores Balfour y Rothschild estaban aplicando fielmente el pensamiento supremacista entonces británico, hoy americano, denominado orientalismo.

Treinta años después, al final de la Segunda Guerra Mundial y de forma violenta, se creaba la entidad llamada Israel y se abría un conflicto que dura hasta hoy.

Y veinte años más tarde, en la Guerra de los Seis Días, una parte importante de la población palestina se ve obligada a refugiarse en Jordania y Líbano por la ocupación de la entidad israelí de sus hogares y patrimonio. Naciones Unidas reacciona y se aprueba la Resolución 242 del consejo de seguridad, por unanimidad, que obliga a la entidad israelí la retirada a las fronteras establecidas previamente. A partir de este momento, la entidad israelí se niega a aceptar cualquier propuesta que entienden les afecta. Una huida hacia adelante llena de soberbia que se ha manifestado repetidamente con la ocupación de territorios palestinos por expulsión a la fuerza de sus legítimos propietarios a la diáspora; la anexión de los Altos del Golán sirio; el traslado de la capital de Tel Aviv a Jerusalén al margen de las leyes internacionales; la construcción de un muro que separa la Franja de Gaza del resto de Palestina, convirtiendo un espacio de 340 kilómetros cuadrados y más de dos millones de habitantes en un gigantesco gueto, aislando a la población del resto del mundo; la masacre de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila en el sur de Beirut; los repetidos ataques indiscriminados a ciudades como Yenín, en Cisjordania, y Yan Younis, en Gaza, y, hace unos días el bombardeo de Beirut sin que exista ninguna declaración de guerra entre los dos países.

Las humillaciones han sido permanentes, incluso al presidente de la Autoridad Palestina, Yaser Arafat, que tuvieron retenido durante años en su residencia de Ramala, y respondiendo a las piedras de niños y jóvenes palestinos en las intifadas con armas de guerra, haciendo real la viñeta del periódico USA Today de teeth for a tooth, eyes for an eye.

No nos equivoquemos, Hamás y Hezbolá son gestores sociales de zonas de Palestina y Líbano que tienen milicias armadas, y son solo terroristas en la medida que lo dicen la entidad israelí y su socio-protector; y no asistimos a una guerra allí ahora, sino a una masacre que busca destruir una vez más al pueblo palestino a manos de un hombre con comportamiento propio de un sociópata. Fracasará, como le sucedió a su antecesora, la señora Golda Meir, cuando proclamó que el pueblo palestino no existía; pero en el camino habrá destruido la vida de decenas de miles (o quizá de cientos de miles) de seres humanos, utilizando incluso fósforo blanco que nos hace recordar el gas mostaza de la Gran Guerra y el napalm de Vietnam, como denuncia Amnistía Internacional, o lanzando misiles contra hospitales (1.500 muertos, de ellos 500 niños, en el hospital Baptista de Gaza, por poner un ejemplo).

He recurrido al uso del término entidad porque un colectivo que no reconoce al Tribunal Penal Internacional, tampoco las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, no respeta el acuerdo de no proliferación nuclear, permite detenciones administrativas, la ley admite el uso de la fuerza física contra detenidos y fue colaborador significativo de la Sudáfrica del apartheid cuando Occidente denominaba terroristas a los miembros del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela, no merece mi consideración como Estado de derecho.

Es hora de pasar a la acción, y la respuesta del mundo ha de ser de paz: una activa no-violencia, y con la no colaboración de todos los pueblos, ideologías, creencias y pensamiento, haciendo frente a un Gobierno que no reconoce el significado de humanidad, pasando del recuerdo respetuoso a las víctimas del nazismo al desprecio a los verdugos de hoy.