70 millones de dólares. Esta fue la cantidad récord destinada por las grandes tecnológicas para cabildear en Washington DC durante el 2022, e influir en las leyes que les afectan. Más que los sectores del petróleo y el gas juntos.
La Unesco, en su informe del pasado 26 de julio Tecnología en la educación: ¿Una herramienta en los términos de quién?, concluyó que la inteligencia artificial (IA) presenta un formidable desafío por su potencial para cambiar, en poco tiempo, la enseñanza desde la escuela a la universidad.
Esta inquietud viene provocada por la renovación de las herramientas tecnológicas cada tres años y la incapacidad administrativa para evaluar sus efectos reales en el aula.
Se advierte, también, cómo las empresas más ricas de la historia se apropian del conocimiento y la experiencia educativa para empaquetarla en productos patentados y venderla sin otra consideración que el beneficio económico, que alcanzará los 6 billones de dólares en todo el mundo el próximo año.
Hablamos, pues, de un pulso manifiesto entre el vendedor, que ve en la escuela un enorme mercado por conquistar, y el personal docente, comprometido a educar.
Por otra parte, los países carecen de una reglamentación adecuada sobre las condiciones, diseño y uso de la IA en el aula. El equipamiento digital por sí mismo no soluciona nada. Incluso es parte del problema. Puede hacer grandes trabajos, pero depende del factor humano por su condición bifronte de herramienta y arma.
En consecuencia, necesitamos eliminar los riesgos de una aplicación sin control que derive en una distracción permanente del alumnado, en un conocimiento menguante y en la desaparición gradual de la decisiva presencia docente. Una tecnología no reglamentada supone una amenaza para la democracia y los derechos humanos cuando, además, invade la privacidad de los menores o incita al odio.
Simultáneamente, necesitamos incorporar la IA en el aula después de una evaluación independiente de herramientas y contenidos que evidencie su valor añadido. Conocemos datos sobre el envío de equipamiento digital a los centros, la presencia de las tecnologías en los currículos e, incluso, los beneficios de las empresas. Pero desconocemos cómo la IA prioriza al alumnado con mayores necesidades educativas, cómo potencia el pensamiento crítico, cómo posibilita el trabajo en equipo y cómo despierta la creatividad, en un contexto personal y social en el que la alfabetización digital resulta imprescindible para vivir y trabajar.
Y algo más. El pasado 30 de mayo se publicó una carta de 22 palabras firmada por 350 expertos en esta tecnología, apremiándonos a considerar el riesgo de extinción como una prioridad global, igual que las pandemias y la guerra nuclear. Anteriormente habían solicitado detener durante seis meses el desarrollo de los nuevos sistemas de la IA por ser más poderosos que los actuales.
En otras palabras: unos aprendices de brujo, capaces de crear poderosas mentes digitales pero incapaces de entenderlas ni controlarlas de forma segura, nos piden ahora que devolvamos el genio digital a la botella de la que ellos, por avaricia, lo liberaron irresponsablemente.
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