Hay algunas muestras notables de madres que se enfrentan a la terrible convicción de que han parido a un monstruo. En 1956 Mervyn LeRoy filma La mala semilla, protagonizada por Nancy Kelly y su doloroso viaje hacia la peor de las certezas: su rubia y adorable hija Rhoda es en realidad un mal bicho que se carga a todo aquel que la molesta.
Años después, en el 2011, fue la directora Lynne Ramsay la encargada adaptar el libro Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver, la despiadada historia de una mujer feliz cuya vida salta por los aires por culpa de un hijo psicópata que lo es desde que nace. Aquí es Tilda Swinton la madre en la que va progresando la certeza de que su adorable bebé es un canalla con pañales que sublima su maldad y su capacidad para hacer daño cuando llega a la adolescencia. Hay una secuencia hipnótica de una Tilda recién parida y agotada por un bebé de pocos meses que no deja de llorar ni un minuto; lo pasea en el carrito por la calle cuando se detiene ante el estruendo del martillo neumático de una obra, que por unos minutos consigue ocultar los berridos incesantes y enloquecedores de su hijo.
Solemos detenernos poco en el sufrimiento que arrastran los padres de los verdugos, obligados como estamos a atender a los de las víctimas. Pero el proceso interno de haber traído al mundo a un desalmado debe de ser desolador, un huracán de sensaciones contradictorias muy difícil de gestionar.
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En este infierno tienen que estar estos días los padres de Daniel Sancho, personas con buenas vidas que un día descubren que es su hijo quien empuña el cuchillo. La confesión del nieto de Sancho Gracia y lo espeluznante de los detalles dejan poco margen a sus padres. Otros se encuentran con hijos acosadores, matones de instituto que hacen la vida imposible a los compañeros. Y el proceso de averiguar dónde el niño empezó a torcerse tiene que ser igual de doloroso.
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