A tantas revoluciones —la cultura de la prisa, la maldita fobia a perderse algo, los audios a 1,5— la vida, aceleradísima, revienta por la costura menos pensada y pone al que no para a buscar el sosiego en los quehaceres ajenos más insólitos, en la dinámica más peregrina: vídeos que funcionan como ansiolíticos, ruido blanco para adultos. Si los bebés caen rendidos al sueño con sonidos constantes, monótonos y planos, resulta que los mayores han desarrollado una incomprensiblemente satisfacción al sintonizar a desconocidos ordenando cosas, cortando jabones o limpiando la mampara de la ducha. Pero no se trata de toparse con un clip curioso en un rato muerto y quedarse embobado con la tarea, sino de casi una terapia de desconexión a base de uno y otro y otro hasta no saber ni donde se está ni quién se es. Los hay que desconectan del minuto y resultado del crimen de Daniel Sancho supervisando las obras del Bernabéu desde el smartphone y quienes escapan del tema Rubiales escudriñando en internet organizadores minimalistas de escritorio. Y aunque hay en ello algo del fenómeno ASMR —respuesta sensorial placentera similar al cosquilleo que ciertos sonidos provocan en el cerebro y que tiene a la chavalada enganchada al susurro en la oreja— tiene más que ver con la desconexión, con pulsar el pause, el mute, con ponerse en modo avión y con entregarse al placer del alelamiento. Puestos a confesar: en bucle los vídeos de lluvia.
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