Suelte el móvil, manos libres

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

MONICA IRAGO

06 ago 2023 . Actualizado a las 12:06 h.

Hágalo. El móvil no es una extensión de su mano, aunque a estas alturas le será difícil creerlo. Vamos con el móvil al baño. Vamos con el móvil a todas partes. Es lo último que hacemos por la noche, comprobar las aplicaciones. Y lo primero que hacemos por la mañana. Apenas despertando, recuperando el pulso, la vida. Los que todavía consiguen apagarlo por la noche como si fuese la colilla del último pitillo antes de dormir. Otros ni lo apagan por las noches. Antes era un teléfono y unos mensajes de texto. Ahora es la continuación eterna del puesto del trabajo, de la relación de pareja extenuada o de la relación de pareja floreciente, de los grupos de amigos frescos y de los jetas, de todas las tareas, hábitos y costumbres que tenemos.

 No falta nada para que cuando nos muramos sepan más de nosotros por la autopsia a nuestro móvil que por la autopsia a nuestro cadáver. El móvil sí que esconde verdades que no salen a la luz. Es la memoria auténtica, mucha sin filtrar. Aunque también supura vanidad. El móvil es un espejo, pero también es el lugar desde donde hacemos señales pidiendo ayuda o directamente salvación. Es también un territorio desde donde podemos demandar consuelo. El que dice que no está enganchado al móvil es el que más lo está. Algunos adictos se consideran valientes por salir de casa sin dos cargadores, por si acaso, y con solo un veinte por ciento de batería en el teléfono. Un atrevido, un veinte por ciento, en cualquier momento se le puede apagar su auténtico corazón, que desde hace años nos late en las manos.

El móvil es equipo de música, sala de televisión, sala de estar y de ser, cinta de vídeo, medidor de pulsaciones, la marca de los ciclistas y los atletas. El móvil es casi casi nuestra respiración en la nuca. Mete miedo.

Decía que empezó como un teléfono que llevábamos a todas partes y unos mensajes de texto. Ahora son decenas las aplicaciones que abrimos a diario. ¿Cuántos no somos capaces de estar sin revisarlas durante media hora? Las repasamos una y otra vez. Las del trabajo, las del ocio, las de los amigos y la familia. Atendemos a la pantalla y desatendemos al que tenemos al lado. Hay estudios que aseguran que perdemos horas de vida en esos desprendimientos de rutina compulsivos. En mirar y remirar, el último guasap recibido. Los que están pendientes por leer. Los que no te atreves a leer. Los que querrías que nunca te llegasen. Los que deseas que tanto te lleguen. Y así vivimos. El móvil es también un adelanto. El móvil salva vidas. El accidentado que se cayó por un acantilado y la llamada de socorro sirvió para localizarlo a tiempo de salvarlo. Todo tiene la utilidad que le damos. Un cuchillo sirve para cortar jamón, pocas cosas más sabrosas, y para rajar la yugular y cortar una vida. El móvil ayuda y agota. Es agosto. Atrévase. Apague el móvil. No llega con el modo avión. Apáguelo del todo. Con un punto de rabia, como si de alguna manera lo estuviese pisando, estuviese pisando tu vida para empezar de nuevo. Suelte el móvil, manos libres.

La libertad.