En el año 1880 el periodista británico John B. Lañe se disponía a entrevistar al rey Kalakua de las islas Sandwich durante la primera visita del monarca a Nueva York. Lañe supuso en su interlocutor el conocimiento del código de funcionamiento de este género periodístico, en virtud del cual el reportero pregunta y el político responde, pero antes siquiera de que pudiera abrir la boca, Kalakua empezó a hablar: «Me gusta Nueva York y admiro sus edificios públicos y sus instituciones. Creo que las mujeres son muy hermosas, visten con elegancia y tienen los pies pequeños. ¡Es un gran país! Washington también era un gran hombre, el primero en la guerra, en la paz y en los corazones de sus conciudadanos. Me encantan sus ostras. Encantado de haberle conocido. Tome usted una copa con el barón. Adiós». Le estrechó la mano al periodista y se marchó.
La escena la cuenta Christopher Silvester en Las grandes entrevistas de la historia y es probable que Kalakua sea a estas alturas el ídolo desconocido de algunos políticos en campaña para quienes las entrevistas son un artefacto en el que el periodista no debe hacer de periodista si no ponerse enfrente y atender a lo que se le diga hasta que llegue ese grandísimo adiós del rey Kalakua. Bajo este paradigma, un dato intercalado en el medio de la conversación entre preguntador y preguntado puede ser considerado un pernicioso elemento subversivo destinado a destrozar al político en campaña y sugerido por un editor al servicio de intereses contrarios a los que sirve el político en campaña. Da igual que el dato sea el correcto o que la pregunta sea la pertinente, porque siempre hay un rey Kalakua que exige que el periodista se comporte como John B. Lañe y su indulgente silencio.
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