La corrupción y sus manifestaciones

Eduardo Vázquez Martul LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

M.MORALEJO

Está claro, hacer política en este país es un chollo. Buenos sueldos, sintonía con los poderes y hasta un prestigio social, al menos hasta ahora. Es muy triste, si aceptamos que la política y el político es una pieza fundamental para resolver los problemas del ciudadano. Pero es un sentir que empieza a generalizarse que la corrupción, como la gran peste, contamina todo lo que toca, y como grave enfermedad se expresa con variada sintomatología.

La compra de votos es un síntoma grave. Sería de esperar que solo sea algo local, pero me temo que habrá más casos si se indaga a fondo. El germen que corrompe es muy potente, sobre todo en momentos de crisis de valores, o en situaciones de desconfianza en la res publica. La mafia siempre se aprovechó de ese ánimo del ciudadano desprotegido que desconfía del sistema.

Es triste que no haya en nuestro país unos filtros para seleccionar uno de los oficios que más pueden arreglar o empeorar los problemas del ciudadano, y que, por consiguiente, deberían ser de máximo nivel en cuanto a honestidad, dedicación y preparación para ser eficientes y eficaces en la gestión pública. La mujer del César ya hace tiempo que se duda de su honestidad. Sin duda, este hecho es muy peligroso para cualquier sistema, crea desconfianza, y la desconfianza es un caldo de cultivo propicio para que cualquier salvapatrias populista nos hunda en el túnel de tiempos remotos.

Y con esta reflexión no reclamo que el político que nos represente deba ser un premio Nobel, o formar parte de la élite cultural, basta con su honestidad, su vocación de servir al ciudadano, responsabilidad y compromiso en cumplir lo prometido. Sin duda alguna juega la ideología, pero gran parte de los problemas cotidianos, y mas aún en la política municipal, poco van de ideología, menos aún de ETA, y mucho de buena gestión del erario público. Aquel que viene a la política para servirse de ella debería ser apartado por los mismos partidos que lo protegen. El mal ejemplo crea un rechazo que desprestigia una profesión vital para que el país funcione. La compra de votos, no nos olvidemos, es un síntoma grave que indica un tratamiento contundente. Pero el problema está en quién le pone el cascabel al gato.