Como la economía, la grasa también sufre de la inflación

Ovidio Vidal EXJEFE DEL SERVICIO DE ENDOCRINOLOGÍA DEL CHUAC

OPINIÓN

María Pedreda

19 may 2023 . Actualizado a las 09:16 h.

En la opinión de Stukard (médico irlandés en 1958), que decía que «la mayoría de los obesos no van al médico, los que van al médico no suelen adelgazar, y los que adelgazan lo hacen sin su ayuda», se manifiesta lo complicado de la situación. La sociedad y la sanidad son conscientes de que la obesidad limita la expectativa de vida por los malos socios con los que convive —diabetes, hipertensión, cardiopatía, vasculopatías, cáncer, etcétera—. Sucede algo similar a lo que pasa con Siberia, «todo el mundo sabe dónde está, pero nadie quiere ir»; el obeso porque la solución lleva implícita un estilo de vida que no es el suyo habitual, y le cuesta cambiarlo; y el médico porque, por la complejidad, no dispone de armas eficaces que resuelvan definitivamente el problema en su origen, como haría un cirujano con una apendicitis. La obesidad es una enfermedad crónica, que se asocia a muchas patologías —algunas graves— y que requiere la participación de la persona implicada, de forma muy parecida a la diabetes, de la que es prima hermana. Con ella comparte mecanismos de cronicidad que hacen que la enfermedad se perpetúe y evolucione negativamente. Uno de ellos es lo que denominamos «resistencia a la insulina», que manifiesta la ineficacia de la insulina —hormona encargada de quemar el azúcar— para mantener el nivel de glucosa en el rango adecuado, y que para conseguirlo no tiene más remedio que incrementar la producción. Es parecido a lo que sucede con la inflación: al valer menos el dinero, para comprar lo mismo tenemos que pagar más, lo que altera la economía. Al haber resistencia insulínica, el organismo aumenta la producción de insulina para mantener el azúcar normal, y mientras el páncreas pueda responder no hay problema, pero cuando ya no pueda, el azúcar subirá en la sangre y aparecerá la diabetes tipo II, la del adulto. Lo malo es que la insulina, además de bajar el azúcar, es la principal hormona de almacenar grasa, y por tanto cualquier persona que tenga resistencia a la insulina es carne de cañón para la obesidad, y cuanto más tejido graso tenga, más la aumenta. Es un círculo vicioso. No tenemos más remedio que prevenir, disminuir o compensarla, y eso nos lleva al estilo de vida adecuado. Tenemos que aprender a comer sano, que implica calorías ajustadas individualmente, alimentos sanos (frutas, verduras, carnes blancas, sal adecuada, pocas grasas, etcétera) y aumentar el ejercicio porque mejora su eficacia.

Este aprender nos lleva otra vez a la diabetes. Probablemente, el avance más inteligente en el tratamiento de la diabetes ha sido la educación diabetológica: la persona con diabetes que ha accedido a la educación diabetológica sabe lo que tiene que hacer, el porqué y el cómo, se ha entrenado y se ha motivado. Lo mismo debería suceder con la obesidad. La eficacia en el tratamiento, además de la ayuda que puedan proporcionar, cuando están indicadas las medicaciones y las cirugías, requiere de una estrategia organizativa para que podamos hablar de una «educación de obesidad» en los mismos términos que hablamos de la «educación diabetológica».