Se especulaba con que Pedro Sánchez situaría el debate de la moción de censura lo más cerca posible de las elecciones del 28 de mayo, convencido de que, más que un castigo contra él, la herramienta política utilizada por segunda vez por Vox se convertiría en una oportunidad para su lucimiento político y en un trampolín de cara a unos comicios autonómicos y municipales en los que él personalmente y el PSOE como partido se juegan mucho. Pero Sánchez ha optado por la vía de expandir un poco de humo para tapar los putiferios del ya exdiputado del PSOE Tito Berni, acompañado del sobrino, el general, el mediador y otros mangantes que, por lo que vamos sabiendo, van bastante más allá de la comedia berlanguiana en el Ramsés. De modo que Sánchez se enfrentará a la moción de censura encajonado en una nutrida agenda internacional, que es en realidad la que a él le gusta.
Podría parecer por ello que la moción es un estorbo que Sánchez quiere quitarse de encima cuanto antes para pasear palmito con tranquilidad por Europa y Latinoamérica. Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, Sánchez, aparte de Abascal, es el único que pretende hacer creer que se lo toma en serio. Pero la moción de censura va a ser sin duda uno de los artefactos políticos más extraños de la reciente etapa democrática. De entrada, tenemos a un candidato a presidente del Gobierno —no se olvide que ese es el objetivo de la moción, según mandata la Constitución— que afirma que él no está para defender a Vox. Pero es que, además, y a no ser que Ramón Tamames desate una furia inusitada contra unos y otros, lo que parece poco probable, ninguno de los portavoces tendrá la intención de debatir personalmente con el candidato. El aspirante será utilizado así por unos y otros como persona interpuesta para cargar contra los respectivos enemigos políticos.
El asunto puede parecer un entretenido enredo político, pero, a estas alturas del programa, Vox parece haber constatado ya que halagar la indudable vanidad del veterano economista ofreciéndole ser el defensor de su moción de censura puede no haber sido la mejor de las ideas. No es ya que nadie quiera hacer sangre con Tamames, que también. Es que, por más que el candidato se prodigue por radios, televisiones y periódicos para seguir agrandando su ego, nadie sabe muy bien por dónde va a salir con su discurso. Y menos con sus réplicas. Evidentemente, hablará mucho de economía. Y mal para el Gobierno. Pero del programa de Vox puede no haber nada. Ni sobre las autonomías, la inmigración o la unidad de la nación, ni sobre muchas otras cuestiones que forman el corpus populista de los de Santiago Abascal. Y puede ocurrir que, acabada la función, el votante de Vox se pregunte para qué han montado ese circo; el del PP compruebe que no ha hecho mella en Sánchez, y este termine el debate con la sensación gratificante de tener una mayoría de votos a su favor y de ver a la coalición unida en un momento que le resulta muy necesario. La cosa promete. Pero más como espectáculo que como episodio político.
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