En una de las secuencias más devastadoras de Argentina, 1985 una mujer relata ante el tribunal que juzga a Videla y su junta militar cómo parió en el coche en el que sus captores la trasladaban. Viajaba agazapada en el asiento de atrás esposada y con los ojos vendados cuando su hija salió de su vientre sin que los guardias hicieran nada por ayudarla. La criatura cayó al suelo del coche unida todavía por el cordón a una madre que seguía esposada y cegada y que imploraba sin éxito que le acercasen a su hija. La escena reproduce un testimonio real de los cientos que se escucharon en aquel histórico juicio en el que un tribunal civil sentenció a la dictadura, en uno de esos giros cívicos que a veces emprenden los países y que los hace mucho mejores.
Escuchando el espantoso relato de la actriz que da vida a Adriana Calvo, cuya testificación real puede verse en YouTube y que te zarandea todavía más que la película, resulta inevitable preguntarse qué narices pasaba por la mente de aquellos tipos incapaces de sentir la mínima compasión por una mujer en aquella situación. Y te incomoda pensar cuántos sujetos como aquellos, con su complexión moral podrida, necesitaron regímenes como los de Videla allí o Franco aquí para ejecutar las salvajadas que el dictador demandaba. Y te sacude suponer que el porcentaje de desalmados se mantiene estable y que lo que necesitan es un entorno fértil para ejecutar sus fechorías, en una cooperación diabólica al servicio de lo peor del ser humano. Individuos como los que se choteaban mientras Adriana Calvo paría a su hija en un coche infecto están siempre entre nosotros. Solo precisan que el entorno sea el adecuado. La banalidad del mal, que decía Hannah Arendt.
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