Un bolso con solera señala los sueños, las aspiraciones y, a veces, el importe de la cuenta corriente de quien lo lleva. Una crónica sobre la guerra de Ucrania emitida en Trece TV se ha hecho célebre por usar las marcas de lujo como sistema métrico de la condición social de los exiliados que escapan de las bombas de Putin. «Son gente como tú y como yo. He visto bolsos de Dolce & Gabbana, ropa de Louis Vuitton...», reseñaba. Aquí, entre nosotros, existen madres que compran a sus hijas su «primer Luisvi» como regalo de selectividad. Como tú y como yo.
En el fragor de la guerra en Europa, algunas chicas rusas que trabajan como vendedoras en redes sociales empuñan carísimas carteras de Chanel como armas contra el sistema occidental. Encarnan la cara B del poder que otorga la profesión de influencer, donde los halagos a los objetos son proporcionales a la generosidad de los contratos y los regalos. Estas prescriptoras de Rusia publican vídeos de venganza en los que trocean sus bolsos parisinos con tijeras de podar porque la casa francesa las ha vetado, aplicando las restricciones comerciales impuestas a su país. No hay bolso capaz de superar el amor a la patria, defienden. Pero se equivocan. Coticen como coticen sus logotipos en el mercado, los de las refugiadas ucranianas valen mucho más que eso. Guardan dentro lo poco que han podido apresar de una vida hecha trizas.
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