Núñez Feijoo será el nuevo presidente nacional del Partido Popular y, para llegar a la cumbre de un partido político, a cualquiera, no es menester saber mucho. De las ignorancias del presidente Sánchez contó cosas tremendas, en sede de Cortes, ese ahora jurista que es Albert Rivera, haciendo al anterior crujir los molares. ¡Oh magia de la Política que convierte en destacados juristas a políticos fracasados! Y de las sabidurías de un tal Casado, natural de Palencia, dicen que un Tribunal de Justicia sentenció que no hubo delitos en las ventajas docentes recibidas en una Universidad particular o privada, como el patio de una casa.
Llegar a ser Abogado (del Estado) o Registrador (de la Propiedad) para «meterse» en Política fue frecuente en los lejanos tiempos de Franco y ahora no, gracias a Dios, pues es suficiente con cualquier minucia o menudencia de estudios o de ignorancia. Lo de Rajoy, otro gallego en la lista, fue excepción, tan dotado él. ¡Qué sería del Gobierno de España sin los gallegos, tantos! Gran tema, muy peligroso, el del saber y el del poder. Y si no hay que saber mucho, para ser presidente o secretario general de un partido político, hay que haber hablado mucho o escrito también mucho; ahora bien, teniendo en cuenta que escribir bien es difícil y muchos políticos escriben mal, bástales con acudir y pagar merced o renta a los que dicen llamarse «comunicólogos» para que escriban por ellos. En Madrid y aquí, llanuras del Aramo, hay especialistas sublimes.
Leer más: Palabras de Feijoo (Primera parte)
Lo importante en Política no es el hacer, sino el parecer, y eso se consigue a base de mucho hablar y escribir, por sí o con la ayuda de otros, aunque sean mentiras y bullicio, tal como ya indicamos en la parte primera. Siempre se estudió que la política nació con la palabra y se llamó bárbaros a los que hablaban con otras palabras, no entendibles. E idiotas eran otros, los marginales. Y como escribiera Hannah Arendt, con siglos de retraso, la política nada tiene que ver con la verdad.
También en aquella primera parte, la de la semana pasada, se trascribieron palabras de Feijoo, pronunciadas horas antes de la firma del pacto de gobierno, en Castilla y León, entre el Partido Popular y Vox, por el que se dará, por primera vez en la democracia española, entrada en un gobierno a un partido político, considerado de extrema derecha. Las palabras del gallego fueron las siguientes:
«Ni Pedro Sánchez ni su partido están para exigir nada sobre los pactos (con Vox), cuando tiene como aliados a los populistas, los nacionalistas los independentistas y Bildu». Vayamos por partes:
I.- Es un hecho indiscutible que Pedro Sánchez tiene como aliados parlamentarios, para conformar una mayoría estable de gobierno, a todos los mencionados por Feijoo; los más llamativos son los de Bildu. Siendo enrevesada la relación Bildu-ETA, se puede afirmar, con ironía, que resulta extraño que esos peculiares aliados parlamentarios quieran ahora destruir la llamada «Constitución de la Transición», la de 1978, precisamente los mismos o parecidos que, con sus acciones terroristas, con centenares de asesinados, más contribuyeron a consolidarla. La Transición, tan denostada, fue apuntalada, afianzada y reforzada con cada acto terrorista que se cometía, y cuanto más bárbaro más apuntalamiento. ¿Por qué asesinaron a Tomás y Valiente en 1996? ¡Qué razón tuvo Umbral al escribir en Diario de un escritor burgués que «los asesinos además de deleznables, son estúpidos»!
Otra magia de la Política, la segunda, consistente en buscar con las acciones un efecto, y conseguir, justamente, el contrario. ¡Qué asombroso resulta que los mismos que ahora quieren acabar con las consecuencias de la Transición, la Constitución de 1978 y lo demás, sean los mismos que, con su terrorismo, antes la apuntalaron! Razón, es evidente, que tiene Feijoo, pues Pedro Sánchez «subió» al Gobierno y permanece en él, gracias a la alianza y apoyo parlamentario, entre otros, de los «bilduetarras». Eso tendrá, por cierto, consecuencias muy peligrosas para Pedro Sánchez, teniendo en cuenta -siento escribirlo- que está en un país, España, de mucho cainita.
II.- Es otro hecho indiscutible que, en Política, se han de rechazar los consejos de un partido político rival, pues en esos consejos, aparentemente «buenos», suele haber trampa o añagaza. Todo hay que entenderlo en clave de lucha por el Poder, que, en verdad, es lo importante. Basta que un Partido haga recomendación al otro, para que éste haga -debe hacerlo- lo contrario, teniendo en cuenta que todo, recomendaciones incluidas, lo que buscan es el Poder y que el rival, ni lo huela. Y algo muy interesado debe de haber en esos consejos de la izquierda política acerca del apartamiento de Vox, además de miedo. Y no hay paridad -palabra de progresistas-: no se debe patrocinar a bombos y platillos la necesaria vigilancia a la extrema derecha y al mismo tiempo callar «lo» de la extrema izquierda.
Con preocupación, digo que está surgiendo una nueva categoría política, que es la del «cordón sanitario», con sarpullido y urticaria, pues se empieza con un «cordón» y no se sabe con qué se terminará. «Cordón sanitario» apenas estudiado por las ciencias políticas y constitucionales, estando aún pendiente de publicación en el BOE la Sentencia del Tribunal Constitucional español por la que se anuló el «cordón sanitario» impuesto, en su día, a Vox por la Mesa del Parlamento vasco. Y hace escasos días, el 9 de marzo de este mismo año, Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor en una Universidad privada, publicó en El País un revelador artículo, titulado Teoría y práctica del cordón sanitario, que «consiste en impedir, por medio del juego parlamentario, que el partido cuyas propuestas se consideran tóxicas para la democracia llegue a posiciones de gobierno».
(Después de haber estudiado las razones del Tribunal Constitucional, muy desprestigiado por el mismo Gobierno que descalificó las sentencias 148/2021 y 183/2021 en arrebato antidemocrático sin dimisiones obligadas, y desprestigiado también por el pacto entre partidos sobre elección de nuevos magistrados, prometo publicar unas consideraciones políticas y jurídicas sobre el «cordón sanitario»). Ya adelanto que no soporto la caterva o tropel de inmaculados obsesivos, cuya especialidad es expedir certificados de virginidad ideológica, teniendo las claves de una adecuada representación política. Ni los leo.
Rafael del Águila ya explicó en la Universidad autónoma de Madrid que si la democracia es el disenso, hay que avanzar en la búsqueda de reglas mínimas a compartir y búsqueda de consensos. Eso es preferible al empleo de cordones sanitarios y demás violencias que arrinconan con peligro. Y no comprendo cómo se puede escribir un día de los cordones sanitarios y otro lamentarse de que se desconfíe del pueblo llano, siempre de tanto acierto y sabiduría.
Es lamentable que vivamos en unos tiempos de tanta violencia descalificadora, tanto en la sociedad civil como en la política, en las que reina esa dialéctica reaccionaria, entre fascista y filo-nazi: la de amigos y enemigos, siempre en combate. La vida, dicen, es polemología y energumenismo (energúmenos ellos y energúmenas ellas). Resulta que del liberalismo de la puritana libre competencia, tan cacareada en propagandas por lindos y pisaverdes, hemos pasado a demonizar a los competidores, sean los políticos (sociedad política) y los no políticos (sociedad civil).
¡Pobres de nosotros los terceros, que no somos ni de un partido ni del otro, que nos meten si no andamos «ojo avizor», en sus miserables y asquerosas guerras! Y es que uno de los elementos esenciales para comprender el mecanismo humano es el de los complejos, los cuales pareciendo una cosa, son la otra: lo que parecen complejos de superioridad, son de inferioridad. En una entrevista, en el diario ABC, del 12 de noviembre de 2021, el filósofo Diego S. Garrocho dijo: «Hoy la moderación es un gesto de valentía». Eso vale para la política y lo demás.
Aprovecho para adelantar que en la siguiente Tercera parte, quitaré la razón a Feijoo cuando, en rezo al Apóstol Santiago o en clave teológico-política, dijo: «La Monarquía fue refrendada por el pueblo». ¡Qué disparate!
Y Juan Ramón Jiménez, no se sabe si en verso o prosa, escribió: «La senda está mojada y llena de hojas secas».
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