No hace mucho, el mueble bar del 10 de Downing Street cobró vida y empezó a escupir botellas. Dejarlas rodando por el suelo hubiese sido un crimen; cualquiera podría pisar una y lastimarse. Alguien decidió que era mejor aprovecharlas para una celebración. Preguntado por el caso, ese alguien, de nombre Boris Johnson, se puso socrático: solo sé que no sé nada. Sócrates sí, pero la cicuta que se la beba otro. No hay día en el que Boris Johnson no salga de casa como si en la puerta estuviera esperándolo el cobrador del moroso, como si se hubiese declarado un fuego en la cocina, con el rostro de un hooligan escupido por el vomitorio del estadio después de perder el partido del siglo. Todo en él es excesivo: el pelo, las fiestas, las fiestas, el pelo, el gesto. Un exceso calculado para dejarlo correr: ¿Qué privilegios?, ¿acaso no veis que mi vida es la peor de las penitencias? El día que los Boris Johnson de este mundo sienten la cabeza, se acaba el mundo.
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