El mejor orador universitario del mundo y campeón de debate en inglés no estudió en Harvard ni en Stanford, sino en Comillas. Se llama Antonio Fabregat y es un jovencísimo abogado madrileño que se dedica al noble oficio de convencer, de hacer sentir, de llegar al corazón de la gente, que es al fin el objetivo último de cualquier orador que se sube a una tribuna: tocar la fibra para que el de enfrente cambie de opinión. Fabregat sabe, como sabía Demóstenes, que solo con sencillez y emoción se consigue penetrar en el contrario, equilibrando con arte razón y corazón. Y para eso hay que conocer muy bien a la audiencia, que no es otra cosa más que ponerse en el lugar del otro. ¿Y quiénes son los otros?
Los otros, esas personas que tanto importan, deberíamos haber sido en la investidura de Pedro Sánchez nosotros, quienes hemos elegido uno a uno a todos los políticos del Congreso. Pero en el gran debate hace tiempo que no estamos. Hemos desaparecido. Y cuando se atreven a mencionarnos es bajo la fórmula de sustantivos genéricos tan gastados como distantes: «Los españoles», «la ciudadanía»... Los políticos no escogen ni un solo vocativo; un «tú, que trabajas», «tú, que eres madre», «tú, que estás en el paro», «tú, pensionista»... No. Ellos nos esconden en la obviedad de la frase hueca: «España lo que necesita es...».
Fabregat lo resume muy bien cuando apunta que un buen orador debe «pensar en business y hablar en turista»; argumentar con altura y expresarse con naturalidad y cercanía. Sin rollos, pero con profunda sabiduría.
Sin embargo, nuestros políticos lo hacen al revés: piensan en tercera y hablan para sí mismos, porque no tienen ánimo de convencer sino de atacar y herirnos de muerte. Es lo único que explica que el soso de Casado no mueva ficha, que Albert Rivera, como un niñato rechupa, hable una y otra vez de «la banda de Sánchez». Es lo que explica que Iglesias, ese santo apóstol convertido en Judas, se crea en posesión de la palabra sagrada y pida improvisadamente competencias de Empleo como en un regateo de mercadillo. Es lo que explica sus ansias de poder. ¿Le preguntaste a tus bases, Pablo, esas que tanto te importan, en ese instante? ¿Qué más quieres: ser presidente del Gobierno siendo el cuarto?
Y ahí está Sánchez, que, después de 80 días y de verse fracasado, nos dice en la tele (ese medio que ha descubierto) que «hay que ponerse a trabajar ya». Una frase que tras meses de espera resuena chistosa como aquel sketch de Emilio Aragón: «Menos samba e máis traballar».
En ese sambódromo chusquero, en ese desastre de fondo y forma, nos hemos instalado. Y aunque es cierto que a una de pronto le dan ganas de hacerse del PNV, de esos señores serios que parecen ser siempre garantía de trabajo y no del faranduleo de La Sexta, le puede más la desazón: nuestros políticos pasan de nosotros. Dicho así, en turista. Pero eso ya lo expresó Marco Tulio, que no es un reguetonero de moda sino el gran Cicerón: «[A los políticos] les pierde haber oído decir que hablando se aprende a hablar, cuando la verdad es que hablando mal es muy fácil conseguir hablar pésimamente».
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