Ilegítima defensa

OPINIÓN

18 jul 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Quizá andamos faltos de héroes hasta el punto de que ya cualquier cosa, cualquier acción, especialmente si confirma nuestros prejuicios y atenúa nuestra paranoia, nos parece heroica. Y quizá, muy probablemente, algunos están construyendo una mitología que sostenga sus delirantes ideas, tan flojas e injustificables que requieren de toneladas de mentiras y medias verdades para poder sustentarlas.

El caso del joven Borja ha sacado a la luz la clase de prejuicios con los que la derechita valiente suele hincharse el pecho como un palomo. La condena al joven por homicidio imprudente al excederse cuando y como no debía después de perseguir a un chorizo drogodependiente ha gozado de su correspondiente mitificación mediática. Parece ser, según la hagiografía más comentada sobre el autor de los hechos, que el ser guapo, tener los ojos claros, ascendencia inglesa, ser alto, fuerte, trabajador y estudioso, te da algún tipo de derecho frente a un drogata portador de enfermedades, viejo, ladrón, es de suponer feo como un rayo (si bien este dato se omite, podemos dar por seguro que así es), que, además, tiene hijas que no merecen indemnización alguna por la muerte de su padre al haber este abandonado sus responsabilidades para con ellas debido a su nada edificante forma de vivir.

Una vez construido el relato mediático, comienza la turra vigilante en las redes sociales. Y, como no podía ser de otra manera, el partido de Abascal le hace un flaco favor al condenado pidiendo que se reforme el Código Penal para amparar la legítima defensa. Importa poco o nada que el articulo 20 de Código Penal trate precisamente de la legítima defensa incluso a un tercero, como es el caso que nos ocupa, aunque luego no lo es, ya saben. Dudo mucho que ese partido ignore que nuestra legislación ya contempla lo que piden, pero en cualquier caso, por ignorancia o por mala fe, la manipulación de la opinión pública está ahí, apuntalada por los medios y sobre los hombros de la ultraderecha.

Lo que quizá entienden algunos por legítima defensa es que la ley les permita disparar a un negro por pisarle el jardín, sea el pisador drogodependiente o no, que feo, enfermo y de mal vivir ya se ocupará algún medio de remarcarlo, junto a la belleza exterior cual efebo y la interior cual santo varón de quien disparó. De ahí las continuas lloreras de la extrema derecha sobre el control de armas y, estos días, sobre el pobre Borja, incluso cuando la defensa moral del condenado sea tan ilegítima que el muchacho presuntamente defendido se vea en la tesitura de rechazar sus interesadas dádivas.

Uno no puede dejar de pensar en aquel escritorzuelo de relatos del salvaje oeste que acompañaba al personaje de Richard Harris en Sin Perdón, de Clint Eastwood, al leer a Espinosa de los Monteros, tan aguerrido él, pidiendo una reforma del Código Penal que no es necesaria. En la película, eso sí, el escritor se orina en los pantalones cuando contempla en directo cómo funciona en realidad la venganza, que no justicia, y cómo sacar el revólver, en realidad, está muy alejado de la poesía. Del mito.