Dice el refranero que «más vale un mal arreglo que un buen pleito». Si es así, deberíamos felicitarnos por el acuerdo alcanzado en el seno del Consejo Europeo para el reparto de cargos institucionales entre países y familias políticas. El pacto cancela el enconado pleito sustanciado entre bastidores y desbloquea la gobernanza en la UE, a falta de su ratificación por el Parlamento Europeo. Incluso debería servir de ejemplo para nuestros políticos domésticos.
Sin embargo, si hilamos fino, el refrán resulta discutible. Dependerá del grado de maldad o bondad que supone el acuerdo para cada uno de los litigantes. Por eso, en aras del consenso, progongo modificarlo ligeramente y establecer que «más vale un buen arreglo que un buen pleito». Y ahora sí, estoy seguro, todos compartimos esa filosofía.
El mal arreglo deja una estela de vencedores y vencidos, de agraviados y beneficiados. Un larvado foco de inestabilidad. El buen arreglo se caracteriza por dejar a todos descontentos y a ninguno plenamente satisfecho. Una base sólida para avanzar. Analicemos con tales criterios el acuerdo de la UE.
El pleito se dirimía entre 28 países y, solapándose, tres familias políticas: conservadores, socialdemócratas y liberales. De palilleros principales, en representación de sus países y a la vez de las tres familias, ejercían Merkel, Macron y Sánchez.
Doble personalidad que ahora les permite alardear en las ruedas de prensa de sus logros y disimular su insatisfacción por no haber alcanzado los objetivos que se proponía cada uno. Lo que no hicieron por su país, lo hicieron por sus correligionarios europeos. Y viceversa. Merkel sacrificó a su halcón Manfred Weber, pero contará a sus nietos que mantuvo la presidencia del Gobierno europeo en manos conservadoras y alemanas. Sánchez dirá -ya lo dijo: «España ha vuelto»- que catapultó a Borrell como jefe de la diplomacia de la Unión, pero fracasó en su intento de colocar al socialista Timmermans al frente del gobierno comunitario. Un fracaso compartido con los liberales de Macron, quien sin embargo presumirá de situar a la francesa Lagarde al timón del BCE.
Más allá de las expectativas que mantenían los tres tenores, el reparto entre países y familias guarda un delicado equilibrio. Los conservadores colocan a la alemana Von der Leyen y a la francesa Lagarde al frente de la Comisión y el BCE, respectivamente. Los socialistas llevan al italiano Sassoli a la presidencia del Parlamento y sitúan al español Borrell y al holandés Timmermans en el puente de mando del Ejecutivo comunitario. Y los liberales obtienen la presidencia del Consejo Europeo para el belga Charles Michel y la vicepresidencia segunda de la Comisión para la danesa Vestager.
El acuerdo no debe ser malo para Europa, porque nadie sacó las fanfarrias a la calle. Ni siquiera la derecha española, la única que debería estar eufórica a juzgar por su primera reacción: ganaron los suyos y ganó España. Doble triunfo, solo empañado por un detalle: el gol español lo metió un jugador indigno de vestir la camiseta nacional.
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