Para ser del todo honestos con los votantes europeos, la UE debería trasladar la sede de sus instituciones de Bruselas a Berlín. Si se puede sacar algo en claro del acuerdo para el reparto de altos cargos es que Alemania seguirá marcando el ritmo y la letra a sus socios en los próximos cinco años. La cuota de poder que concentra es inmensa y desproporcionada. Dominará la Comisión Europea, ya maneja a su antojo la Secretaría General, ostenta la presidencia del Banco Europeo de Inversiones (BEI), la batuta del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), las riendas de la Junta Única de Resolución (JUR) y dos de las más importantes direcciones generales (Competencia y Comercio).
La lista no acaba ahí porque también tiene un asiento en el Consejo de gobierno del BCE y externalizado el control del Servicios de Apoyo a las Reformas Estructurales, la dirección de Presupuestos y la de Empleo, todas en manos de sus primos hermanos, los holandeses.
No habría sido posible forjar este cuasi monopolio político sin la complicidad de París. El eje francoalemán pasó el rodillo a sus vecinos en las negociaciones, para sorpresa de quienes lo daban por muerto. El presidente francés, Emmanuel Macron, no dudó en traicionar a sus aliados socialdemócratas, capitaneados por Sánchez, y vender el bastón de mando de la Comisión al mejor postor en cuanto vio satisfechas sus demandas: El trono del BCE, la presidencia del Consejo para su colega belga y garantías de una buena cartera en el futuro gobierno de la UE.
Gana Alemania, gana Macron y perdemos el resto.
En primer lugar porque no habrá renovación en la UE, ni generacional ni política. Continuismo y viejas recetas es lo que promete este nuevo dream team diseñado con la patética técnica del descarte. En segundo lugar porque los líderes han dinamitado por el camino la credibilidad y dignidad del Parlamento Europeo. La institución nos bombardeó con una campaña electoral en la que nos prometió que podríamos escoger al futuro presidente de la Comisión, cosa que no ha ocurrido. Renunciando a su poder de bloqueo, la Eurocámara se enmienda a sí misma. Por no hablar del paso atrás que dio esta semana la UE en la defensa de sus valores democráticos cediendo al chantaje de gobiernos autoritarios como el húngaro y el polaco, quienes lograron pasar al candidato socialdemócrata, Frans Timmermans, por la guillotina. Actuaron como hooligans, bloqueando y amenazando a sus vecinos, y nadie les plantó cara.
Con este panorama, no sería tan descabellado proponer a los europeos que en las próximas elecciones votáramos en Berlín.
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