Los dilemas de Ciudadanos

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Vaya endiablado papel que los ciudadanos le han asignado a Ciudadanos. Rechazaron su pretensión de liderar la derecha y, como pedrea, lo convirtieron en bisagra. Le adjudicaron la espinosa tarea de repartir alcaldías y presidencias autonómicas entre el PSOE y el PP. Un papel relevante, pero también frustrante. Está desconcertado y no sabe cómo sacar partido a esa posición. Y anda cual Hamlet, calavera en mano, rumiando el soliloquio universal: ser o no ser, esa es la cuestión.

Pasaré por alto los primeros desvaríos del partido de Rivera, que tanto amaga con levantar el veto al PSOE como al día siguiente intenta sobornar a los dirigentes socialistas para que se amotinen contra Sánchez, el capitán del buque que condujo a los suyos a la victoria. Atribuyamos el dislate a los escarceos de quien ha perdido el norte y ahora no sabe qué camino tomar.

A Ciudadanos se le presentan varios dilemas, de vida o muerte, pero no puede resolverlos si previamente no responde adecuadamente a un par de preguntas. La primera: ¿sobreviviré hasta la madurez o, por el contrario, estoy abocado a una muerte prematura? Porque la cosa cambia. Si estoy condenado a la irrelevancia, como la UPyD de Rosa Díez, o a una agonía lenta, como la de Pablo Iglesias, lo que debo hacer está claro. Si no contemplo un mañana, debo vender mis concejales y diputados al mejor postor en cada plaza y disfrutar durante cuatro años de vicepresidencias, tenencias de alcaldía e incluso, mediante algún oportuno canje, de algún codiciado bastón de mando. Como sabe cualquier economista liberal -y si no, consulten a Garicano-, Ciudadanos obtendrá el mejor precio por sus apoyos si al mercado concurren dos compradores y no solo el PP en régimen de monopolio de demanda.

-Oiga, señor columnista, su teoría resulta ofensiva. Ciudadanos goza de excelente salud, no mercadea con sus votos y ha llegado para quedarse como fuerza clave en la política española.

Aceptemos la reprimenda y admitamos, pese a mis dudas, que fuera así. Ciertamente, a nadie sano y con larga esperanza de vida se le ocurriría subastar su coche, su vivienda y sus muebles. Pero entonces se plantea la segunda cuestión: ¿qué quiero ser de mayor? ¿Estrella del equipo que disputa la Champions o árbitro del partido? Si opto por lo primero, me convierto, mano a mano con la ultraderecha denostada por mis aliados europeos, en recogepelotas del PP. El asistente que facilita balones al crac declinante de la derecha para que remate plácidamente a portería. Cada alcaldía o cada presidencia que le regale, a cambio de migajas de poder, reforzará la hegemonía popular en la derecha. Y Ciudadanos, convertido en apéndice o subalterno de Casado, avanzará decididamente hacia la irrelevancia.

Ya sé que la otra opción resulta frustrante para el adolescente Rivera: supone renunciar al sueño de convertirse en el Messi de la política española. Mas quisiera consolarlo. El de árbitro, ese señor que desde el centro del campo decide si el gol es válido o debe ser anulado, no es oficio indigno ni tampoco menor.