El caballero de la tabla patriótica

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

11 may 2019 . Actualizado a las 09:38 h.

Era uno de los imborrables. Su aspecto de monje benedictino lo hacía más mayor de lo que en realidad era. Pero él era mayor, incluso cuando corría detrás de los balones y las piedras de la rayuela, como Cortázar, en Solares. Cantabria hoy respira mal y poco. España también. Porque se fue uno de los imprescindibles. Fue mariscal del PSOE y todos lo respetaban. Contra él no había asonada posible. Todo lo manejaba. Desde su metro setenta y su sentido de Estado supo hacernos sentir más españoles y más socialistas a los que no somos socialistas, incluso. Dominaba el arte de la negociación y cuando te sentabas con él, dicen las viejas glorias que todo lo negociaban, sentías que ya habías empezado a perder los papeles. Rubalcaba se fue antes de tiempo, como se van muchos genios. Sin hacer más ruido que unos titulares de prensa y unos artículos de los que tenemos la costumbre de escribirlos, hoy más tristes que de costumbre. Porque cuesta despedirse así, a lo lejos y sin conocer ni siquiera las memorias de este hombre bueno, culto, esencial y químico. Pensé llamarlo alquimista, pero no es esa la descripción idónea. Es otra: la química de la tabla periódica, esa que siempre se repite y determina las atmósferas, iones, metales y catabolitos del alma. En realidad, lo de Rubalcaba era la tabla patriótica. Y aunque quiera explicarme no puedo hacerlo de otro modo que no sea la metáfora. Los que me leen, sabrán entenderlo. Hay gente capaz de sacrificar parte de su vida en servicio de los otros. No es preciso hacerse monje ni integrante de una ONG. Hay políticos, algunos, que lo han hecho y lo hacen. Rubalcaba era uno de ellos. Y en estos tiempos en que la política está tan desasistida, imprecada, injuriada e infravalorada, es preciso ponderar a los imborrables. Rubalcaba, por ejemplo. Pasarán los años y lo recordaremos como el hombre inteligente, audaz y sereno, que supo estar a la altura de España y a la altura del PSOE y sus miembros (a quienes con cariño ahora abrazo). Pasarán los años y seguiremos echándolo de menos. Él, que oxidó los elementos radiactivos y supo oxigenar los ácidos. Él, que era un gas noble en medio de vientos, tempestades y cierzos. Siempre le he tenido afecto. Y ahora golpeo las teclas enjuagándome sollozos. Nunca lo he entendido. Ni lo entenderé. Que se vayan los hombres como Rubalcaba es injusto. Por eso, frente al desasosiego, reclamo el sosiego de Alfredo. Y, frente al chantaje y la impostura y los extremos, quiero gritar y grito su moderación y, ya para siempre, su silencio. En su honor esta noche, como hacía Cunqueiro con sus notas y su cuaderno, repasaré su tabla patriótica. Lo demás es solo silencio.