Es triste, pero da igual. A estas alturas y transcurridas ocho décadas, da igual quién haya lanzado la primera piedra, haya disparado la primera bala o haya pulsado el botón del primer misil. Siempre sucede lo mismo: acción y reacción, pero los que sufren las consecuencias son los civiles inocentes que estaban en el lugar equivocado en el momento erróneo. En esta ocasión, el hecho de que dos mujeres embarazadas y dos bebés se encuentren entre las víctimas palestinas añade un plus de pena e impotencia. Pero todos sabemos que nada va a cambiar. Si acaso, la situación de los palestinos atrapados en la ratonera de Gaza se agravará.
Esta vez fue Hamás quien comenzó la que es considerada la peor escalada de violencia en el permanente conflicto árabe-israelí desde el 2014, aunque ha habido al menos otros diez enfrentamientos en el último año. El lanzamiento de sus cohetes ha tenido la respuesta esperada por parte de Israel. Y aunque tras dos días de infierno parece que se ha alcanzado un alto el fuego gracias a la mediación de Egipto, el problema continúa e irá in crescendo.
Y es que, aunque no ha tenido la repercusión mediática que merecía, los gazatíes llevan semanas protestando por la penosa situación que sufren a manos de la férrea dictadura de Hamás. Este grupo terrorista, que se escuda tras unas siglas políticas y es apoyado financieramente por Turquía y Catar, y moralmente por Irán, dirige con mano de hierro la franja de territorio que no ha podido arrebatar a la Autoridad Palestina. No es casual que, mientras Gaza agoniza subyugada por el terror de Hamás y el asedio de Israel, Cisjordania viva una situación que, sin ser la deseable, es mucho mejor. Como tampoco es casual que Hamás intensifique sus ataques en la medida que aumenta el rechazo popular en las calles de Gaza por la falta de trabajo, de bienes de primera necesidad y la presión demográfica.
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