Es sorprendente que Pablo Casado y Esperanza Aguirre coincidan en atribuir los comienzos del declive electoral del PP a la etapa de Mariano Rajoy, ¡nada menos! Y, de paso, también coinciden en pedirles a los votantes de Ciudadanos y Vox que vuelvan a las filas populares, como si estos partidos no se hubiesen guiado por criterios políticos propios para emerger como formaciones autónomas en condiciones de competir. Pero la política es así y cada uno argumenta como puede. Y no veo que el talento y el amor por la verdad estén ahora más de moda en la vida pública, ni siquiera entre los ganadores.
¿Se trata de proteger el actual liderazgo de Casado? Sí, al menos a corto plazo, y comprendo la actual desazón del PP por los resultados electorales, pero quizá debieran de empezar por reconocer los malos pasos dados tras la marcha de Rajoy. ¿Acaso no hubiera sido mejor heredera la ex vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, que tuvo el mayor número de votos entre los candidatos de la primera vuelta en las primarias? Ya sé que es un episodio del pasado, pero, ¿seguro que no vienen estos lodos de aquellas tormentas? Casado no acertó con los argumentos y los resultados así lo acreditaron.
Las causas de estos malos resultados del PP, como dijo el exministro José María Margallo, han sido «la triple c: crisis económica, casos de corrupción y la situación de Cataluña, como ha pasado en otros países europeos y en otros partidos de nuestra familia política». Lo cual, no siendo falso, tampoco es cierto del todo. Porque la desazón del PP con vistas a las elecciones empezó justamente cuando se marchó Rajoy.
¿Y el futuro del PP con Casado? Es ciertamente una incógnita. Como lo es también el porvenir de otros partidos con líderes aparentemente consolidados. La realidad es que Pedro Sánchez ha ganado la última batalla sobre un suelo patrio de arenas movedizas, y este mérito no se le puede discutir. Pero me temo que en la España electoral del futuro nos vamos a mover sobre arenas movedizas durante un largo tiempo. ¿Significa esto inestabilidad? Sí, probablemente. Pero también se le puede llamar «normalidad democrática», que quizá consiste en que no manden siempre los mismos.
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