Sentémonos cómodos que Suárez Illana anda por aquí de nuevo. Reúne requisitos de sobra para el show: buen linaje, predisposición para la fotogenia, incontinencia verbal y percepciones intelectuales singulares. Con ese cóctel, el próximo diputado del PP por Madrid se inventaba hace unos días un concepto vital nuevo: el aborto sobrevenido después del nacimiento. Illana debe de ver abortos por todos los lados, incluidos algunos acontecidos después del parto, con lo que deducimos que para él es más grave un buen aborto que un mal asesinato.
Nos salva que sus abogados de Nueva York le aclararon que por allí los abortos solo suceden durante lo que viene siendo la gestación.
Es tan original todo lo que este Suárez ha dicho sobre un asunto tan serio que solo cabe carcajearse o llorar. Carcajearse por tan bizarro collage de abortos posnatales y crías de Neandertal decapitadas. Y llorar porque Illana es la expresión más folclórica de un alma inmortal del PP que lo mantiene esencialmente en contra de que la mujer decida y que propone alternativas tan lamentables como visitar clínicas en el extranjero, como también estos días sugirió otro ingenioso candidato popular. Abortemos, chicas, pero lejos del pan.
Lo curioso es que Illana ya había dado muestras de sus dotes para la comedia cuando compitió con Bono por la presidencia de Castilla-La Mancha. La castaña fue mayúscula y el destierro político, obligado. La cuestión es qué adornos valoró Casado para convertirlo en su número 2 por Madrid quince años después de aquel fiasco dinástico en el que se demostró que ni el carisma ni la complexión política se heredan.
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