A quienes le pregunten si la medicina y la salud actual tienen alguna coincidencia con aquella conocida y practicada a finales del siglo XVIII, cuando nace la homeopatía, no dudarán en responder con una firme negación.
La ciencia, y en particular la ciencia médica y farmacéutica, han podido desarrollarse a extremos inimaginables hace dos siglos. Es el avance del conocimiento que ha permitido desvestir de magia y desconocimiento nuestro mundo. Por ello sorprende que, aún avanzado este siglo XXI, según un estudio del Hospital Infantil Niño Jesús, un 55% por ciento de padres estudiados considera que la homeopatía es efectiva, o que según el CIS un 50% de los españoles dicen creer en ella, por más que apenas un 5% conteste afirmativamente cuando se le pregunta si han tomado productos homeopáticos el último año.
Sorprende que mientras las sociedades científicas, la Real Academia de Farmacia, o la mayoría de los colegios médicos llevan tiempo alertando de que la homeopatía crea falsas expectativas y pone en riesgo la salud, por acción del producto u omisión de tratamientos científicos, exista una fuerte atracción por ella. Atracción construida con una propaganda de años en un extraordinario boca oreja que han construido una imagen de los productos homeopáticos como «tratamientos naturales», «capaces de curar desde un resfriado hasta el cáncer», y no dañinos.
En esa propaganda no faltan colaboraciones e intereses, tanto de la gran industria homeopática, que obviamente existe, como en la imprudencia de másteres universitarios o en secciones de algunos colegios profesionales. Dislates ahora corregidos. No así la legislación sobre estos productos más laxa en su etiquetado que aquella que se exige a los medicamentos e incluso a los alimentos, controlada en Europa por un potente lobby homeópata.
Parafraseando a don Álvaro Cunqueiro, «tuve ocios bastantes en la botica paterna, para pasarlos asombrado con botes de nombres sorprendentes», desde el láudano a la mirra, la nuez moscada o la resina de escamonia. O para andar revolviendo en los cajones de las plantas medicinales como la salvia, las hojas de sen o de boldo, ayudar a preparar tintura de yodo, sellos o ungüento de árnica, o vender «coallo do queixo».
La botica de la niñez era un mundo de magias que se asentaron en el encuentro con Tertulia de Boticas prodigiosas y Escola de Menciñeiros, con aquella botica del obispo Diego Peláez, o el menciñeiro que hizo de los santos curadores singulares especialistas, el gran Leivas da Vereda.
Pero en ese mundo prodigioso no había homeopatía ni homeópatas engañadores. Apenas un mundo fantástico para personas en busca de esperanzas. Esperanzas que, hasta donde el conocimiento alcanza, están en la actualidad en la medicina y en productos terapéuticos sostenidos en la evidencia científica.
Comentarios