Los calcetines de Justin Trudeau eclipsan el arremangado de la camisa de Pedro Sánchez en Montreal, quién sabe si un plagio discreto del de su homólogo canadiense. El esplendor de las medias opaca todo a su alrededor: es fácil así distraerse del hecho de que el presidente se encuentre, en esta semana de doctorando en relaciones internacionales, a 5.528 kilómetros de su libro de erratas sin comillas, de sus exministros y ministros con lunares del tamaño de Canadá, de «el presidente soy yo», de los imposibles presupuestos, del exquisito remilgo con los lazos amarillos. Ahí tienen al «it boy» de la cosa pública patria, compartiendo protagonismo con los felices calcetines de lunares de un político de moda y -quiero y no puedo, Pedro- con mayoría absoluta.
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