Banderas

Javier Armesto Andrés
Javier Armesto CRÓNICAS DEL GRAFENO

OPINIÓN

Mi padre solía decir que uno no puede estar orgulloso del sitio en el que ha nacido, sencillamente porque no es algo que haya elegido. O sea, que en la lotería de la vida nos ha tocado venir al mundo en esta esquina de la vieja Europa, pero perfectamente podía haber sido en Bolivia, Filipinas o Camerún. Él, como buen gallego, amaba esta tierra y a ella volvió después de toda una vida de trabajo emigrado, pero era capaz de relativizar su apego y apreciar y disfrutar las virtudes (especialmente las gastronómicas) de otros territorios.

El pensamiento de mi padre entronca con esa frase atribuida a Pío Baroja de que «los nacionalismos se curan viajando». Y me ha venido a la cabeza después de un par de episodios de enfrentamiento entre países ocurridos el pasado fin de semana. Las guerras actuales, como todo el mundo sabe (excepto Trump, Putin y algunos dictadores africanos), se libran en los escenarios del arte y el deporte, adonde acuden los aficionados enarbolando las banderas de sus respectivas naciones. En Eurovisión había muchas y de todos los colores, incluso creí ver alguna senyera en el Altice Arena de Lisboa; pero me llamó especialmente la atención una bandera española que salía siempre en las primeras filas y en la que su portador había escrito en el centro, en grandes letras negras, «Alcorcón». Debemos ser el único país que ensucia sus símbolos nacionales con el nombre de una ciudad-dormitorio.

También somos únicos en los circuitos de velocidad. Ver cómo el Gran Premio de España de fórmula 1 se abría con dos himnos y dos banderas diferentes resultó surrealista y bochornoso, como si fuera el Mundial de Corea y Japón o la Eurocopa de Ucrania y Polonia. Menos mal que al acabar la carrera dos deportistas españoles pasearon la enseña rojigualda con normalidad y sin avergonzarse, a diferencia de lo que ocurre con otros campeones del mundo del motor. Lo normal es eso. Y luego, cada uno puede volver a la república independiente de su casa.